EL HORNO VASCO: LA PROTOINDUSTRIA SIDERÚRGICA VASCA

EL HORNO VASCO: LA PROTOINDUSTRIA SIDERÚRGICA VASCA
Aitzol Altuna Enzunza




Las excavaciones de Aldaieta en Alaba del año 1999 de los primeros siglos altomedievales (siglos V-VIII) encabezadas por el arqueólogo bizkaíno Agustín Azcárate Garay (asentamiento de Nanclares de Ganboa) nos muestran un ajuar extraordinario encontrado en 100 tumbas simples y donde probablemente hay otras 400 en la zona abnegada por el actual pantano: 60 lanzas, 30 hachas con impresionantes “franciscas” (hachas arrojadizas de guerra cuya invención se considera de origen germánico), cuchillos, espadas para usar a caballo por los dirigentes o scramasaxes (espadas de un solo filo y punta afilada cuya invención se considera también de origen germánico), anillos, collares, fíbulas, vasos de cristal, hebillas de cinturón etc., exclusivas en esos siglos de los grandes dirigentes; hechas tanto en bronce, plata e incluso en oro en el caso de una hebilla, con aleaciones de bronce-estaño de una calidad extraordinaria y que demuestran un gran manejo del arte de la siderurgia con una calidad de acabado que aún hoy cuesta superar. Estas hachas “franciscas” han aparecido en sitios tan diversos como Kortezubi en Urdaibai y Finaga en Basauri (ambos en Bizkaia).


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Hay quien ve en estas hachas elementos externos de procedencia franca, sin embargo, son de fabricación local y por manos expertas baskonas que para entonces habían constituido el ducado de Baskonia con epicentro político al norte de los Pirineos (río Garona), hecho corroborado por las muestras de ADN que demuestran que los enterramientos de Aldaieta como todos los hallados hasta ahora en el territorio, se trataba de individuos nativos.

Las ferrerías de viento o de monte, “haizeolak”, aparecen en el País Vasco en el siglo VI a.C., en plena Edad de Hierro, mejoradas sensiblemente en época romana, según los yacimientos arqueológicos de ferrerías de esta época como la de Forua (Bizkaia), y tienen su continuidad en durante toda la Edad Media.

Precisamente Agustín Azcarate junto a los también arqueólogos José Luis Solaun y José Manuel Martínez, realizaron un trabajo de campo recogido en “Metalurgia y hábitat en el País Vasco de época medieval” donde comentan sobre el asentamiento ferrón de Bagoeta de Luko en Alaba (desde los años 600 hasta el s. XIV d.C.) que: “Las fuentes escritas señalasen a las tierras llanas de Álava nuclear como los lugares con mayor actividad metalúrgica (...) El asentamiento de Bagoeta está a muy pocos kilómetros de la necrópolis de Aldaieta; b) Ambos, asentamiento metalúrgico y necrópolis, coincidieron en el tiempo al menos en un siglo; c) Si algo caracteriza a los ajuares y depósitos procedentes de los contextos funerarios exhumados en Aldaieta es la abundantísima e inusual presencia de objetos de hierro. (…) Estamos, sin duda, ante un asentamiento ferrón que responde a una demanda procedente no sólo de la propia comunidad, sino de otras localidades del entorno, lo que refleja la existencia de una red comercial de cierto alcance por la que circularían igualmente productos cerámicos, cárnicos o de otro tipo. Cabe plantearse, incluso, la posibilidad de que el hierro de Bagoeta fuera distribuido en circuitos comerciales de mayor distancia (…)”.




La asociación Burdinola de Legazpi ha mandado en el 2016 a Upsala (Suecia) restos del “zepadi” (escoria) encontrado en una haizeola del monte Otañu del municipio gipuzkoano, que ha resultado ser del siglo XI, siendo un escorial propio de una actividad metalúrgica de entre los siglos IX-XI. José Luis Ugarte tiene señalizados un total de 200 escoriales en el territorio, lo que nos da una idea de la importancia de esta industria para los baskones altomedievales, tal y como se recoge en el trabajo reciente del propio José Luis Ugarte y de  Mertxe Urtega -directora y fundadora del Museo Oiasso de Irun-, que lleva como título“Arqueología del hierro medieval. Los escoriales del distrito de Legazpi” (2015). La arqueóloga Urteaga comenta que el tipo de horno encontrado sería, según su opinión, del modelo Beecourt de época merovingia (Pueblo franco del siglo VII), lo que denota su antigüedad; eran hornos de inyección forzada lo que permitiría alcanzar hasta 1.300º según la especialista Julia Simón.

Mertxe Urteaga comenta que: «Harían coladas continuamente. Unos tirarían árboles para hacer carbón vegetal, otros extraerían el mineral (óxidos/hidróxidos de hierro) a muy poca profundidad, y primeramente lo tostarían para ganar algo en pureza. Y de cada colada saldrían pocos kilos, pero así eran las técnicas de entonces». Pese a que la tesis doctoral de Urteaga giró en torno a este tema (“La arqueología de la producción del hierro en Gipuzkoa” 1987), no creía entonces en este tipo de hornos de los cuales es ahora una de sus máximas defensoras.

Este trabajo de la Asociación Burdinola y de Mertxe Urteaga entre otros, permite completar los resultados de los estudios sobre las "haizeolas" realizados por un grupo de galdakoztarras encabezados por Xabier Orue-Etxebarria (Doctor en Ciencias Geológicas, catedrático del Departamento de Estratigrafía y Paleontología UPV/EHU) que está trabajando sobre los "Hornos Vascos", un tipo de haizeolak. Uno de los hornos excavados por este grupo está considerado como el horno de reducción de mineral de hierro de tecnología prehidráulica más grande que se conoce en Europa (Orue-Etxebarria et al., 2015).

Los resultados han sido recogidos en varios artículos y recientemente se ha publicado el libro “Historia del hierro en Bizkaia y su entorno” escrito por varios autores y coordinado por Orue-Etxebarria (2016). En el 2015 el propio Orue-Etxebarria y tras tres años de trabajo bibliográfico y de campo en el Geoparque de la Costa Vasca, presentó los trabajos de excavación del horno vasco de Zelaitxueta (Olatz, Mutriku), llevados cabo en auzolan durante el mes de septiembre de 2014 de un cuarto “horno vasco” ejecutada por un equipo de investigadores de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y de la UPV-EHU. La excavación se une a otras realizadas en Galdakano y ha mostrado una nueva tipología de horno con un crisol inferior de grandes dimensiones y un canal asociado en la parte superior, lo que demuestra la complejidad de estas estructuras primitivas semejantes a los conocidos altos hornos de la revolución industrial.
Portada del libro sobre la historia del hierro.

Estas “haizeolak” son tremendamente abundantes desde la Alta Edad Media en el “saltus vasconum” o la Baskonia boscosa, situadas en zonas generalmente apartadas al estar cerca de la propia veta de hierro y que han permitido su supervivencia al paso del tiempo, aunque muy mal conservadas entre la maleza: “También se les ha dado el nombre de Agorrolak o ferrerías en seco, aunque hay que decir que se trata de hornos que si necesitaban agua para la limpieza del mineral y para preparar el revestimiento de arcilla con arena de las paredes internas de los mismos”. Se explotaron profusamente desde la caída del Imperio Romano Occidental (s. V) hasta el siglo XIII (época del ducado de Baskonia y reino de Pamplona-Nabarra), pero continuaron usándose incluso hasta el XVI y en zonas de Gipuzkoa hasta el XVII.

Las grandes “haizeolak” medievales, por su tipología especial, han sido bautizados como “hornos vascos” que se diferencian de las merovingias o similares mucho más pequeñas. Eran construcciones redondeadas de piedra de 4-5 metros de altura, se abrían para estas explotaciones los “egurbides” (caminos de leña literalmente), por los cuales se transportaba después la esponja del metal, por tanto, estaban en los bosques donde se aprovisionaban los ferrones de la madera que quemaban con profusión y preferentemente cerca de las metas de hierro. Era interesante también que estuvieran cerca de pequeños riachuelos de monte para limpiar las escorias o enfriarlas. La técnica era bastante precaria en su resultado, pues las paredes interiores rellenas de arcilla de los hornos, quedaban impregnadas de restos de que escorias contenían todavía gran cantidad de compuestos de hierro.
Esquema de un horno vasco.

Se han hallado más de 350 hornos vascos tal y como describe el propio Orue-Etxebarria en “El “Horno Vasco” de reducción de mineral de hierro, de tecnología prehidráulica”: “Hubo un número tan elevado de hornos vascos en épocas pasadas, que tuvo que ser relativamente frecuente que, al construir una casa en zonas con materiales del urgoniano o del paleozoico ricas en mineral de hierro, hubiera una o más de estas estructuras en sus alrededores. Así pues, cuando necesitaron cal, en muchas ocasiones prefirieron utilizar estos hornos abandonados, antes que hacer un calero nuevo. Actualmente, es frecuente que estos hornos próximos a los caseríos aparezcan cubiertos o rellenos con todo lo que se ha ido tirando en su interior”.

Los hornos vascos eran muy parecidos morfológicamente a los caleros comunales de los barrios que funcionaban en “auzolan” o a los individuales de algunos caseríos que se usan incluso hoy en día, por tanto los caleros están siempre cerca de poblaciones o de la roca caliza a diferencia de los hornos vascos que se encuentran en zonas de montaña normalmente. Es más hemos encontrado seis casos de hornos dobles, uno situado detrás del otro y comunicados por una abertura. En los caleros, el interior estaba reforzado con piedra arenisca (sin tierra) y los restos son de este material y no de escorias de hierro por lo que son fácilmente diferenciables en una cata arqueológica. Muchos restos de escoria fueron siglos después reutilizados pues aún contenían una gran cantidad de compuestos de hierro en cantidad suficiente debido a la deficiente técnica empleada.
Horno Vasco de Azarola (Galdakao)

Ahora se sabe que en la Alta Edad Media, pero sobre todo desde el siglo IX-X en adelante, los "Hornos Vascos" eran muy abundantes en Galdakano donde empezaron estos estudios, que en aquél entonces incluía los municipios actuales de Etxebarri y Bedia, pero cuyos resultados son extensibles al resto del territorio bizkaino y baskonico montuoso. Se sospechaba o se sabía de su existencia por documentos y por la existencia de escoriales, pero nunca se había citados sus restos y, además, los hornos vascos estaban considerados como caleros, de ahí la importancia de este primer estudio. (Foto Calero de Leiza http://www.euskonews.com/0524zbk/gaia52401es.html)


Las ferrerías y molinos eran vitales para la supervivencia de los baskones de las montañas al estar alejados de las actividades marinas y agrícolas intensivas al ser estas tierras inadecuadas para los grandes cultivos, siendo esta actividad protoindustrial precursora ancestral de la industria siderúrgica, así como un buen complemento a la actividad pastoril y agrícola minifundista, ya que suponía una fuente de excedentes para comerciar y adquirir aquellos alimentos escasos en la región: desde el vino, al trigo y demás productos agrícolas del interior del ducado de Baskonia o en su caso el pescado de la costa. La aparición de las más grandes de ellas cerca de las casas torre más antiguas (una de las dos casa torre de la familia Torrezabal, la que tenían junto al puente del mismo nombre sobre el río Ibaizabal), nos dicen que esta actividad tenía una gran importancia para el control de la comarca y que la explotación de todo tipo de herramientas y armas, podría estar restringido a las altas clases sociales.

En la Edad Media y dentro del reino baskón, el tenente era el administrador y protector militar del territorio a su cargo en nombre del rey de Nabarra, pero también se encargaba de la recaudación de impuestos, controlaba las infraestructuras de puentes y caminos, construía y mantenía torres o castillos y poseía lagares, molinos o ferrerías. Tenían estos señores “Parientes Mayores” que controlaban militarmente el territorio mediante lazos de sangre con sus familiares y casas torre, de las cuales en Galdakano por ejemplo hubo al menos una decena.

Sobre el libro anteriormente citado, Humberto Astibia Aierra, compañero de facultad de Orue-Etxebarria, comenta: “Una de sus partes más destacables es aquella que trata sobre el hallazgo y estudio de los hornos prehidráulicos, los hornos de las “haizeolak”, que el Dr. Xabier Orue-Etxebarria y colaboradores vienen denominando “Horno vasco” y que supone, en mi opinión, uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes realizados en nuestro País vasco-navarro en las últimas décadas. En relación con estas investigaciones, también me gustaría subrayar la novedosa hipótesis que a cerca de los hornos vascos y su relación con las ferrerías hidráulicas plantea el Dr. Orue-Etxebarria en este libro. Según la misma, las primeras instalaciones hidráulicas no serían sino herrerías, donde se trabajarían las esponjas de hierro producidas en los hornos vascos u otro tipo de hornos de reducción de mineral de hierro”.

La rica toponimia terminada en “-ola” (“ferrería”) de Galdakano y Bedia como en cualquier municipio del “Saltus Vasconum” o zona de montaña, en muchos casos sin relación con ferrerías hasta hoy conocidas y por tanto muy antigua, nos da una idea de su abundancia pasada. En Galdakano en especial en la comarca de “Mehatzeta” (“comarca de minas” en Usansolo), topónimo que denota a su vez una explotación minera antigua en la comarca donde sobre el año 1900 se sacaba gran cantidad de mineral de hierro que, junto a otras explotaciones mineras del territorio bizkaíno, representaba el 10% del hierro a nivel mundial. En Bedia y Usansolo ha habido enormes galerías de este período fruto de extracciones mineras. En total, se habrían encontrado más de 35 haizeolas entre Galdakano y Bedia, en lo que sería sólo una primera aproximación. Una lista de estas primeras haizeolas y topónimos registrados serían: Azuola en el barrio Agirre, Olazarreta en el barrio Goikoetxe, en el barrio Olabarri, en barrio Olabarrieta, en Olarragane y Olabarrena en Erletxeta; Artola y Jaurola en el barrio Artola; Padrola o Padarrola y Lupaola en Gumuzio; Udaoleta en Kortederra; Olea, Oleta y Oletatxu en Torrezabal, Olaetxe en Usansolo-centro; Olangoiturri, Olagoiti y Olagorreta en Arteta; Azaola, Gomenzola y Olakolanda en Lekubaso. Otras: Ludaola, Arretzola, Olabaso, Olabeaga, Olagorta, Olaguren, Olarretaxu, Olatxueta etc.


El propio Orue-Etxebarria en otro trabajo “Hierro, ballenas y barcos: factores del poder económica de Bizkaia durante la Edad Media” comentaba: “(...) como resultado de un trabajo de investigación realizado durante los últimos ocho años, en campos tan variados como la estratigrafía, sedimentología, mineralogía, geoquímica, ingeniería metalúrgica, etc., hemos encontrado más de 100 hornos en Bizkaia, Gipuzkoa y parte norte de Álava y de la alta Navarra. (…) Según una estimación que hemos hecho del número de ferrerías de monte en tres pueblos del territorio vizcaíno, Galdakao, Ea en la costa y Bedia, otros dos de la costa guipuzcoana, Mutriku y Deba, y otro del norte de Álava, Aramaio, podemos pensar que en Vasconia existieron miles de estos hornos”.



En el Cartulario de San Millán de la Cogolla (La Rioja, dentro del reino baskón de Pamplona) se habla de la primera exportación del hierro de Bizkaia, en una donación de “Arroncio” en el 871 a la iglesia alabesa de Ocoizta (Acosta). Se tiene constancia escrita que a finales del siglo IX en Alaba había una “industria siderúrgica” y que durante el siglo X se exportaba mineral de hierro desde el puerto de Uhart que estaría en el río Galindo en Bizkaia, bien en El Puntal de Barakaldo, en Trapaga o en Portugalete, de donde deriva el topónimo “Portu-Ugaldeta” y que conformaría una pequeña tenencia nabarra.

Orue-Etxebarria: (...) Los yacimientos más ricos de mineral de hierro se encontraban en Somorrostro/Triano, Galdames, Bilbao, Arrazola, San Miguel de Basauri, Galdakao, Durango, Bedia, Elorrio y Zarátamo, y su explotación era un derecho que los reyes concedían a sus principales servidores, hasta que con la concesión del Fuero Nuevo de Bizkaia, en 1526, se otorga tanto el dominio del subsuelo como los derechos de su explotación a todos los vizcaínos (Orella, 2005). Los puertos más importantes del territorio vizcaíno en cuanto a su relación con el comercio del hierro, en épocas antiguas, podrían haber estado en algún punto del río Barbadún en Muzkiz, en Huart/Ugarte (Baracaldo), San Antón (Bilbao) y Forua (Gernika), para pasar posteriormente a exportar el hierro bruto o elaborado también desde otros puertos como Bermeo, Lekeitio, Portugalete, etc.”

Es en el fuero nabarro de San Sebastián del siglo XII otorgado por Sancho VI “El Sabio” de Nabarra con un alfoz que abarcaba toda la comarca de Oarso incluida Hondarribia, se trataron por primera vez los derechos del “fierro”, es decir, la primeras leyes conocidas que regulaban la explotación del mineral del hierro en Europa.

Es precisamente en ese siglo XII cuando aparece en Italia la ferrería hidráulica como una pequeña empresa, llegando poco después al reino baskón de Nabarra. Su uso se disparó a partir de los siglos XIII-XIV y era muy normal que estuvieran junto a la casa-torre de los rico-hombres de Bizkaia. Para las ferrerías y molinos de agua se requerían presas y ríos por lo que las “haizeolas” fueron abandonadas poco a poco por el mejor resultado de esta nueva explotación ferrona, aunque siguieron siendo explotadas como hemos dicho durante unos siglos más, seguramente como una forma de obtener un excedente para el comercio a cambio de los productos que no se explotan en la comarca como los cereales.

Orue-Etxebarria en el trabajo mencionado comenta que: “Se supone que este tipo de ferrerías perdieron importancia con la aparición de las hidráulicas que fueron sustituyendo a las anteriores, pero hay datos recogidos de la transmisión oral (Caro Baroja, 1980) que nos indican que no todas se cerraron poco tiempo después de la implantación de las hidráulicas, sino que ambos tipos coexistieron durante algunos siglos, ya que en alguna localidad de Gipuzkoa como Zegama, siguieron funcionando, al menos, hasta el siglo XVII”. Un historiador dejó escrito "no hay en Bizkaia riachuelo o arroyo que no haya tenido en sus orillas ruinas de aceña".

En 1540 el bizkaíno Marcos Murualabe de Balmaseda y el milanés Fabriario introdujeron el martinete en la Península Ibérica. Se dispara la industria naval y armera baskona (bosques y costa lo propician), donde habrá rápidamente más de 300-400 ferrerías que trabajarán las 24 horas del día, aprovechando la fuerza de los numerosos ríos y nuestras ancestrales minas de hierro. Las ferrerías mayores o “zearrola” son verdaderas empresas donde se maleaban los “tochos” de hierro y las ferrerías menores o “martinetes” se usaban para trabajos más sencillos como herramientas, azadas, palas y otros aperos de labranza (o armas en tiempos de guerra) descritos en el siglo XVIII por Juan Antonio Mogel (http://www.revistadyna.com/doc/imgii/20160405_laborde.pdf).



Xabier Orue-Etxebarria: "En contra de lo que se ha venido manifestando en numerosas ocasiones, bien sea por ignorancia o de forma intencionada, acerca de la pobreza de Bizkaia hasta la revolución de comienzos del siglo XIX y de una sociedad ligada al mundo rural, constituida por agricultores y pastores, hay numerosos indicadores que nos permiten hablar de una sociedad industrial y del poderío económico de nuestro territorio, al menos desde la Edad Media".

Hoy en día cuando un país tiene mucho petróleo se considera que es un país rico. Pues bien, ya desde la antigüedad, ocurría algo parecido con el hierro. El que disponía de esta materia prima y conocía la metalurgia del hierro, era capaz de fabricar diferentes herramientas utilizadas en la agricultura, pero también podía hacer clavos y otras piezas empleadas en la construcción de catedrales, barcos, presas, carros de transporte etc. De todos modos, la aplicación más importante era la elaboración de todo tipo de armas con este metal, armas más duras y flexibles que las utilizadas anteriormente. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de una época en que las batallas y guerras de todo tipo eran frecuentes. Bizkaia, que tenía mineral de hierro en abundancia y, además, de gran calidad, estaba en una posición inmejorable respecto a otros territorios”.

La imagen que se tiene de una Bizkaia y Gipuzkoa interior medieval aislada, económicamente atrasada y pastoril, no se sostiene a la luz de todas estas nuevas evidencias arqueológicas donde, mediante el “auzolan” o trabajo comunitario, los dueños de las pequeñas explotaciones agrarias conseguían sacar todo el rendimiento a los recursos del país.