DEL VASCO-CANTABRISMO AL NACIONALISMO VASCO

DEL VASCO-CANTABRISMO AL NACIONALISMO VASCO
Aitzol Altuna Enzunza

El historiador y político zuberotarra Arnaut Ohienart (1595-1667) rechazó por primera vez en su obra “Notitia Utriusque Vasconiae” el vasco-cantabrismo, el cual había sido el eje central de la historiografía de los baskones hasta entonces: “que en latín se denominan cántabros a los que los franceses llaman vascos o vizcaínos y los españoles vascongados”. Todavía no se empleaba de manera general la voz “vasco” que extendió el etnólogo y naturalista alemán Alexander von Humboldt a principios del siglo XIX, usada entonces por los franceses o el Vaticano tan sólo para los vascos continentales.

También desmitificaría el vasco-cantabrimo el cronista pamplonés José de Moret (1615-1687). Otro historiador, su contemporáneo Pierre Marca, bearnés y Presidente del Parlamento de Navarra en Pau donde había sido trasladado desde Donapaleu tras la invasión francesa de 1620, tampoco aceptaba la asimilación en su “Histoire de Béarn» de 1640. Hasta ese momento, primero Alta y Baja Navarra (hasta su conquista entre los siglos XVI-XVII) y después los nabarros occidentales a veces y otras todos los euskaldunes, eran los cántabros que resistieron estoicamente a los romanos como hemos visto en diferentes artículos .

Se mostraron también en contra del vasco-cantabrismo en 1681 Fray Francisco de Sota en “Chronica de los príncipes de Asturias y Cantabria” y Diego José Dormer en 1683 en “Cantabria, descripción de sus verdaderos límites”, donde este segundo acierta cuando describe los límites del Pueblo cántabro prerromano: «la propia, y verdadera Cantabria antigua fue toda la tierra que hoy se comprende en las montañas septentrionales altas y bajas, o marítimas, de Castilla la Vieja, que comúnmente se llaman de Burgos, con parte de Asturias de Oviedo». Hasta 1982 el territorio de los antiguos cántabros (entre los ríos Asón y el Sella) se llamó, desde la Alta Edad Media, Santillana de Asturias o la montaña “de Burgos” en Castilla Vetula o Vieja.

Pocos años después, tampoco aceptaba la equiparación de los vascos con los cántabros de época romana Pedro de Cossio y Celia en 1688 en su “Historia de Cantabria”. Pero, la primera verdadera puntilla no vino hasta el siglo XVIII con Enrique de Flórez, autor de “España Sagrada” en 1768, donde se inscribe su disertación “La Cantabria”. Manuel Risco (1735-1801), Grande de España, fue otra de las referencias entre los historiadores que se mostraron contra la teoría vasco-cantabrista.

Las propias Juntas Generales de Gernika apoyaban la versión procantabrista de los vascos dentro de su defensa Foral, y reaccionaron contra estas nuevas versiones historiográficas pidiendo revisar el texto por si "hallándose en él alguna cosa opuesta o indecorosa a este Señorío se represente a su Majestad"; lo hicieron en 1768 y mandaron un panegírico al historiador alabés Joaquín José de Landazuri (1730-1805). También se mostró indignado el ilustre gipuzkoano José Hipólito De Ozaeta (1712-1779), Caballero de Alcántara y Caballero de Santiago, con el aclaratorio título de “La Cantabria Vindicada y Demostrada, Según La Extensión Que Tuvo En Diferentes Tiempos”.

La gran referencia contra el vasco-cantabrismo por su peso político, fue Juan Antonio Llorente. Llorente desmitificó el cantabrismo pero inventó otra historia basada en el centralismo castellanista (a pesar de haber apoyado a los franceses Bonaparte durante la ocupación de Las Españas). Según cuenta la Enciclopedia Auñamendi, la obra historiográfica de la Real Academia de la Historia y, especialmente, las «Noticias Históricas de las tres provincias Vascongadas» del afrancesado y después inquisidor Juan Antonio Llorente (1806-1808), no pueden ser aisladas de su contexto político.

Esta nueva línea historiográfica “castellanista” se pedía en 1810 a la “Junta de Reforma de Abusos de la Real Hacienda en las Provincias Vascongadas” proclamar que la historia «no ofrece ningún documento en que pueda apoyarse la supuesta independencia de estas provincias...y que los Fueros mismos los deben a la liberalidad de los augustos predecesores de S.M. que constantemente las dominaron por derecho de sucesión» (Labayru, VIII: 60).

Era un cañonazo en la línea de flotación del foralismo como pacto con los reyes de Castilla “entre iguales” que defendieron las Juntas Generales de Gipuzkoa con los historiadores Garibay y Zaldivia (s. XVI) y después las de Bizkaia, Alaba (“voluntaria entrega”) o Alta Navarra (“aeque principalis”), por el cual los “cántabros” que resistieron a los romanos (los vascos), siempre fueron libres y pactaron su incorporación al reino de Castilla por separado, por lo que no podía Castilla-España de manera unilateral quebrantar el pacto mediante “contrafueros” y menos promover la supresión foral.

El historiador bilbaíno Novia de Salcedo (1790-1865), intentó llevar la argumentación a un terreno menos movedizo en 1829, pero no acertó al creer que la Nabarra Occidental fuera quizás ajena a Baskonia: “Difícil sobremanera es fundar opinión segura sobre hechos tan remotos, y de que quedan tan escasas memorias (...). Que las Provincias Bascongadas correspondiesen a la Vasconia o a la Cantabria, o fuesen un país intermedio entre ambas””.

En el siglo XIX el cantabrismo siguió mezclado plenamente con la defensa foral y con la ideología defendida por el bando carlista en el País Vasco, apoyado abrumadoramente por la población. La defensa se enconó tras la supresión foral presente en la inaplicada Constitución de Cádiz de 1812 o en el “Trienio liberal” impuesto entre 1820-23. Sobre este punto trataron el riojano Antonio Marichalar y el jurista Cayetano Manrique que en 1868 cuando escribieron “Historia de la legislación y recitaciones del Derecho Civil de España. Fueros de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava”.

En la Baskonia continental, el vasco-cantabrismo dio sus últimos coletazos con encendidas defensas, como las que mantenían historiadores e ilustres políticos como el labortano Garat y sobre todo el Abate Pierre Ihartze de Bidassouet (1765-1846), el cual también apoyaba la tesis del vasco-cantabrismo en su libro en francés “Histoire de Cantabres ou des prémiers colons de toute l'Europe, avec celle des Basques, leur descendents directs …” o en su significativa obra “Anciennement Guiçons (hommes) cantabres et aujourd'hui généralement Basque français, espagnoles” (1834). Incluso franceses como el científico Alexandre Baudrimont (1806-1880) en su “Histoire des Basques ou Escualdunais primitifs…” (1854, Paris) mantuvieron viva la idea hasta finales de ese siglo.

De los últimos políticos e intelectuales en sostener el vasco-cantabrismo fue el liberal zuberotarra Agosti Xaho en su libro legendario “Aitor. La legende cantabre” de 1845, que puede calificarse como el iniciador de una corriente independentista frente a la historiografía anterior que defendía, de una u otra manera, el encaje “aeque principalis” de los diferentes territorios del Estado baskón de Nabarra en los imperios que lo conquistaron.

El siglo XIX marcará el fin del vasco-cantabrismo. Entre sus últimos valedores estuvieron el arratiano Juan Antonio Zamacola en su libro “Historia de las naciones vascas”, el enkartado Antonio Trueba (1819-1889) a sueldo de la Diputación bizkaína, así como el vitoriano Ladislao de Velasco en 1879 con “Los euskaros en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya”.

Otros autores vascos que descartaron esta teoría vasco-cantabrista fueron Antonio Pirala (1824-1903) y Arístides de Artiñano y Zuricalday en su “Señorio de Bizcaya, histórico y foral” de 1885, escrito para las fiestas euskaras de Durango que se celebraron finalmente al año siguiente. El principal escritor vasco contra el cantabrismo por su ascendencia social fue el bilbaíno Fidel de Sagarminaga (1830-1894), diputado en Madrid, alcalde de Bilbao y Diputado General de Bizkaia, con sus dos obras históricas sobre Bizkaia y sus Fueros.

Aunque ya había sido ampliamente denostado, el que acabó finalmente con el mito del cantabrismo vasco fue el historiador bizkaíno Estanislao de Labayru (1845-1904) con su “Historia General del Señorío de Bizcaya”, furibundo antinabarrista, remarcaba la independencia de Bizkaia hasta su “voluntaria entrega” a Castilla en 1200. Sería Labayru el principal introductor de la historiografía procastellana en Bizkaia, el cual menospreciaba el ducado de Baskonia y más al reino baskón de Nabarra.

La desautorización del vasco-cantabrismo fue aceptada por Sabino Arana (1868-1903), fundador del nacionalismo vasco. Sabino no aceptó “el pactismo” defendido foralismo por el que Bizkaia habría acordado voluntariamente con la corona castellana su incorporación como sostenían casi todos los historiadores nacionales desde Garibay, menos el procastellanismo de Labayru, por lo que elaboró una nueva teoría.

Arana en su revista “Bizkaitarra” (número 12, 1894) decía: “O ¿es que nuestros historiadores, nuestros juristas y nuestros gobernantes han sido todos tan pusilánimes, que no se atrevieron a proclamar ni siquiera a insinuar la verdad, y tan necios a la vez que creyeron debían medir el corazón del pueblo por el suyo débil y pequeño, sin ilustrarse ni aun ligeramente en la doctrina patria para que hiciese lo que juzgase procedente?
¡Un siglo entero de españolismo, de degradación, de miseria, de ruina; un siglo de aberraciones, de tinieblas; un siglo de esclavitud!”.

Sin embargo, el propio Sabino Arana estuvo muy lejos de la realidad en su interpretación de la historia del Pueblo vasco, pero lo veremos mejor en otro artículo.