HISTORIA DEL CARLISMO


HISTORIA DEL CARLISMO


Aitzol Altuna Enzunza



LA PRIMERA GUERRA: CARLISTAS e INDEPENDENTISTAS


“Y quien se adueñe de una ciudad acostumbrada a ser libre y no la destruya, que se espere ser destruido por ella, porque el nombre de la libertad y de las antiguas instituciones siempre encuentra refugio en la rebelión, y ni el tiempo transcurrido ni los beneficios obtenidos pueden hacer que sean olvidadas”. Nicolas Maquiavelo, “El príncipe”.

Este artículo está dedicado al primer grupo de folk radikal de Nabarra osoa “Bizardunak”: "No somos carlistas porque los carlistas no eran independentistas. Nosotros (…) somos independentistas. Reivindicamos la reconstrucción del Estado vasco de Nabarra”. Diario Noticias de Navarra mayo 2009.


El historiador tudelano José Yanguas y Miranda (1882-1863) y Ángel Sagaseta de Ilurdoz (1784-1843) síndico del reino, comentan que los primeros carlistas vascos proclamaban que los 4 territorios eran repúblicas federativas unidas a la corona española, siguiendo a Montesquieu, por tanto con derecho a separarse unilateralmente.

“Vasconia” Federico Krutwig (1963): “No era extraño que los verdaderos carlistas fuesen defensores de la lengua vasca y de la tradición del pueblo vasco aunque los liberales quisieron presentar a los carlistas como retrógrados no se trataba de otra cosa que las armas propagandísticas esgrimidas por una clase burguesa desnacionalizada y descastada, corrompida por un liberalismo opresor” (…) En el prólogo de “Vasconia” de 1962: “Conocía a muchos carlistas y cuan agradable fue mi asombro al haber visto que muchos de ellos, aunque se llamasen “fueristas”, “carlistas”, “requetés” o como más les gustase, en realidad eran tan nacionalistas, o más, que aquellos que pretendían acaparar para sí este apelativo”.



La primera Guerra Carlista tuvo lugar entre 1833 y 1839, por lo que también es conocida como la Guerra de los Siete Años. Los carlistas alegaban la bastardía de Isabel y de su hermana Maria Luisa Fernanda, hijas, según ellos, del guarda de Corps Agustín Muñoz y no del rey español Fernando VII, “el Deseado”. Además argumentaban la vigencia de la ley Sálica introducida en España por el rey francés Felipe V de Anjou 100 años antes y derogada por conveniencia por el propio Fernando, por la cual las mujeres sólo podían heredar el trono de no haber herederos varones en la línea principal (hijo) o lateral (hermanos y sobrinos). Querían un rey fuerte y absolutista como los que había habido siempre en el Imperio español y lo veían en la figura del hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro de Borbón. Ley Sálica: “gallorum imperii sucesor masculus est”.


Pero los carlistas vascos lucharon contra el llamado liberalismo que demostró, durante el trienio que gobernó (1820-1823), ser antiforalista o contrario a las leyes conservadas de cuando los nabarros vivíamos en el Reino o Estado de Nabarra, cargando a los nabarros con nuevos impuestos, imponiendo aduanas en la costa frente a las interiores o “cordón del Ebro” e intentando obligar a todos los nabarros a participar en el ejército imperial español. Pero los liberales no eran anticatólicos o anticlericales y tampoco progresistas en lo social como se ha querido hacer ver, buscaban un modelo de Estado más centralizado gobernado por los ricos, los únicos con derecho a voto (menos del 3% de la población, a diferencia del voto por “fuegos” -o viviendas- iniciales de los Fueros), uniforme en leyes y con una única nación monolingüe y más fácil de dominar que fueron creando: la española.

Era carlista la abrumadora mayoría del pueblo nabarro: el clero e incluso algunos terratenientes y oficiales que lucharon contra Napoleón, pero sobre todo las clases populares del campo y de la ciudad, por lo que al bando carlista se le llamó el bando de los pobres. En teoría los carlistas contaban con el apoyo de Rusia, Prusia, Austria y Nápoles, contrarios al liberalismo, pero en realidad los carlistas apenas recibieron ayuda extranjera en esta guerra; sus milicias fueron populares frente a los “peseteros” liberales, llamados así por cobrar un sueldo para luchar.

Ya el padre de Fernando VII, Carlos IV de España, a principios del siglo XIX, dio el órdago definitivo al mandar escribir a J.A. Llorente “Noticias históricas de las tres provincias vascongadas” con la finalidad exclusiva de “preparar a la opinión pública para recibir sin escándalo todos los cambios que procedan en estas provincias para hacer su legislación uniforme con la del resto de España”, para ello tenían que demostrar que los Fueros no habían sido “pactos ni contratos, sino privilegios concedidos por los reyes” –aunque no eran ni lo uno ni lo otro -. Como dijera después Canovas del Castillo: “antes de obrar, poner la razón de su parte”. Llorente era un afrancesado como el pintor Goya, juró lealtad en Baiona durante la Asamblea Española de Notables a José I Bonaparte, a su vuelta, le hicieron inquisidor y fue un panegirista e intelectual de la unidad de España.


Es más, la mayoría de los liberales vascos no luchaban por la supresión de los Fueros, sino por una adecuación de los mismos a sus intereses económicos Así, mientras que los liberales en España eran enemigos de los Fueros, en Nabarra elaboraron un informe en 1820 y otro en 1833 en los que se destacaba eficacia de la administración y rigurosa gestión de los recursos públicos que suponían los Fueros.
Esta opción era muy minoritaria entre los nabarros, como lo demuestra que aun tras ganar la Primera Guerra Carlista, en provincias como Bizkaia o Gipuzkoa no consiguieran ningún escaño y sólo uno de siete en Alta Nabarra, la mitad votaron carlista en Alaba, y eso que tenía derecho al voto la población más pudiente y por tanto la más cercana a los que gobernaban el Imperio Español. Las primeras elecciones en España datan de 1837 y son censarias, para unos pocos ricos: participaron 257.00 personas, menos de un 3% de la población total.

Bilbao no era liberal como se ha dicho muchas veces, sino que fue ocupada por la tropa liberal al principio de la contienda. Los ejércitos isabelinos o liberales, también llamados “cristinos” o “guiris” por Mª Cristina -la reina regente y madre de Isabel-, en tierras vascas estaban mayoritariamente constituidos por gentes venidas de España, de hecho, en el sitio de Bilbao, los muertos por el bando isabelino no eran bilbaínos, salvo excepciones, y en su mayoría ni tan siquiera vascos.

Iñaki Rahm lo demuestra en su libro “Leyendas y certezas de la historia de Bilbao”: “Es evidente que el entusiasmo del pueblo bilbaíno por la causa liberal fue escaso, desmintiendo todas las leyendas que declararían "invicta" a la villa, cuando pusieron en marcha el mito oficial del Bilbao liberal y heroico (…) a Bilbao quién realmente llegó para invadirla y ocuparla fue, el 25 de noviembre de 1833, el ejército del general (liberal) Sansfield, cuando los carlistas eran mayoría, tenían mayoría en el poder político de Bilbao lo mismo que en todos los demás municipios de Bizkaia y ya se habían manifestado a favor de Carlos de Borbón los dos batallones de "paisanos armados" (los únicos que había en la villa). (…)

La actitud de los nabarros en las carlistadas se entiende perfectamente en el siguiente comentario del coronel del Ejército liberal Pascual Churruca en las Cortes de Madrid en 1837: “¿Por qué luchan los vascos? Dícese por algunos que la guerra de las provincias del Norte es guerra de principios y no guerra de Fueros; pero yo les contesto que los naturales de Vizcaya no se matan porque triunfen principios del absolutismo y de tiranía, sino porque los ambiciosos y los agentes del fanatismo les hicieron y continúan haciendo creer que iban a perder sus Fueros. Ésta es la base sólida y terrible de la guerra de estos países”.

Es revelador también este texto, y otros que se citan después, recogido por Sorauren en su libro “Navarra el Estado Vasco”, es del embajador de España, el Duque de Frías, ante el rey francés Luis Felipe: “(...) no hay tal carlismo lo que hay es que las provincias privilegiadas se alborotarían a todo cambio de gobierno, siempre que crean que pueden igualárselas con las demás de España. V.M. debe saber que las provincias baskongadas son repúblicas sobre las cuales el rey de España no ejerce más que un protectorado, y que no reportan ventajas para la hacienda del Estado. En Navarra es rey constitucional, si se quiere llamar constituciones a las antiguas formas de aquel reino, pero no tiene ventajas a favor del tesoro de la nación...”

El espía francés que trabaja para su corona, Lataillade, el 21 de marzo de 1835 pasó un informe en el que se afirmaba textualmente: “Las provincias vascas, las más libres de la tierra, han sido siempre soberanas e independientes de la Corona de España. Los Diputados generales, elegidos por los habitantes, son obedecidos en tanto que gobiernan para la conservación de los Fueros”, inmediatamente después acusa a los vascos de “imponer a los españoles un rey que les repugna y que vosotros no podéis imponerlo sin violar los derechos nacionales y son comprometer vuestra propia independencia” y les propone conservar sus Fueros si deponen las armas ante la llamada Cuádruple Alianza (liberales de España, Portugal, Francia e Inglaterra).

En la primera Guerra Carlista, las tropas idolatraban a Zumalakarregi, hombre culto que se había curtido luchado muy joven con las tropas vascas de Artzai como analista o escribano en las afrancesadas (“Guerras del primer imperio” en Francia” y “Guerra de la independencia” en España), donde empezó a brillar como soldado voluntario para hacerse después profesional, al igual que su segundo, Eraso. Después fue apartado como archivero en “vascongadas”, como se llamaba entonces a la Nabarra Occidental, por ser contrario al liberalismo y sospechoso de carlista después, aunque nunca mostró gran interés hacia la persona de Carlos y sí por los Fueros nabarros.

Zumalakarregi era un rentista gipuzkoano de clase media-alta de una familia numerosa de 11 hermanos, de los que el mayor llegó a ser ministro de “Gracia y Justicia” del gobierno de Espartero, pero firme defensor de los Fueros nabarros en Madrid ante el mismísimo general liberal, como lo eran por otra parte todos los liberales vascos como hemos dicho.

Tomás Zumalakarregi consiguió grandes victorias con su milicia de voluntarios, que tras una fuerte instrucción previa, convirtió en un ejército de 20.000 soldados. A sus tropas, al tomar el mando, no les hablará de Don Carlos y de su legitimidad, ni de España, sino de “defender nuestra libertad que son los Fueros (…) nuestras cosechas, nuestros ganados, nuestras costumbres (…) nuestros derechos, nuestra religión y nuestro Dios”. Más alto se puede decir, pero no más claro.

Se ha especulado mucho sobre la figura de Zumalakarregi, pero su prematura muerte en la contienda no permite saber la verdad. Luciano Bonaparte (príncipe francés) y Agusti Xaho (pensador y político vasco) hablan de él como el Caudillo de la independencia vasca, aunque no se tiene constancia documental ni declaración en tal sentido hasta el momento por parte del de Ormaiztagi.

Lo que sí se conoce (Mª Cruz Mina) es una carta de Zumalakarregi al pretendiente Carlos, para que tome “la corona de Navarra de las provincias vascongadas", pues ésta lo merece aunque sea un territorio pequeño, "pero de gente leal y de héroes".

Las frases dichas por periodistas ingleses, enviados de guerra, sobre el origen de la guerra y la figura de Zumalakarregi sí que son contundentes:

 Willkinson: "El origen de la guerra hay que buscarlo en el deseo que los cristinos (liberales) manifestaron de suprimir las libertades vascas. Estas libertades les habían hecho superiores a los demás españoles y se dispusieron a defenderlas con las armas".

 Laurens: "(Zumalakarregi) No quería otra cosa que defender los derechos y libertades de su patria".

 Sommerville: "los vascos recibieron (a D. Carlos) con entusiasmo a condición que mantuviera los Fueros".

Algunos franceses, entre los que hay quienes colocan también al suletino A. Xaho, pretendieron crear un protectorado francés con el País Vasco, donde el puerto de Pasajes tendría una importancia estratégica, al estilo de los proyectos de los hermanos Garat y su “Nueva Fenicia” ante Napoléon.
Agosti Xaho comentó: “La envidia de los castellanos fue el primer motivo de esta guerra. No podían sufrir que las provincias vascas se administraran por sí mismas, en completa independencia, mientras que muchos empleos civiles y militares eran desempeñados en Castilla por vascos".
Xaho en su libro "Viaje por Navarra durante la sublevación de los vascos" relata la situación política y habla de Nabarra para designar a todos los territorios vascos.

Agosti Xaho: “Si el Gobierno francés, interviniendo contra Zumalakarregi, declarara la guerra de exterminación de nuestra raza, tengo razón de creer que los vascos de Francia, en vez de marchar contra sus hermanos, no dudarían ni un momento en tomar una resolución dictada por los intereses de su gloria y libertad”. (“Voyage en Navarre, pág. 80).
Esta prueba del sentimiento de unidad nacional, bien sabía Xaho que los vascos la fundamentan en su comunidad lingüística. Ello lo comprobará Agustín Xaho, el suletino, cuando se dirige a sus hermanos insurrectos tanto navarros, guipuzcoanos, suletinos o labortanos. Así comprobará: “El misterioso lazo de unión de la lengua nacional había sido suficiente para establecer entre nosotros desde el principio la misma confianza y familiaridad que si nos hubiésemos conocido desde hace largos años”. (“Voyage en Navarre”, pág. 138).
El carlismo para aquellos insurrectos vascos era algo muy diferente que lo que hoy se presenta como carlismo por sus descendientes en Alta Navarra. La causa del rey era muy secundaria para Zumalakarregi y sus generales. Zumalakarregi aparece en el libro de Chaho como el generalísimo de un Ejército vasco. Sus tropas enarbolan el pendón de Navarra.
“Los navarros dan a los constitucionales el mote de negros, y comparan la revolución española con la sublevación de los negros: comprenden muy bien la emancipación de los castellanos, pero se niegan a asociarse a ella, y rechazan una comunidad social que traería para los montañeros, la pérdida de su independencia nacional y su libertad social”. (“Voyage en Navarre”, pág.144).


Hay quien quiso darle la corona de Nabarra a Zumalakarregi que reinaría como Tomás I de Nabarra. Tal pretensión salió desde la Diputaciones a la vista de ciertas connivencias internacionales, se le pidió que aceptara ser nombrado “rey de los vascos”.

En el libro “Fueros y carlistada” Mikel Sorauren (2008) relata cómo fue el General Maroto quien sembró la desconfianza del pretendiente D. Carlos hacia Zumalakarregi, pues creía que miraba más hacia la independencia, tal y como señala el propio Maroto en sus memorias “Vindicación del General Maroto” de 1846.
En esas memorias, Maroto rebela que en junio de 1839 la oficialidad del carlismo gipuzkoano le ofreció finalizar la contienda y proclamarse presidente de una república vasca de 4 provincias .

Segundo Flórez escribió la biografía autorizada del principal General liberal, Espartero, en la que se habla de que el general carlista Guerqué estaba con el bando “apostólico” o “los brutos” por la independencia hasta la muerte, pero fue fusilado en Lizarra-Estella por Maroto en febrero de 1839, tras una derrota de aquél en el campo de batalla.

Más desconocido es el suceso del 26 y 27 de agosto de 1837, cuando estalló una sedición en el bando liberal de la fortificación de Zizur Menor (población cercana de Pamplona) encabezada por el coronel León de Iriarte, exguerrillero con Espoz y Mina durante la ocupación francesa, y por Pablo Barricart que comandaban los batallones francos de Nabarra que peleaban contra los carlistas. Los sedicentes, nabarros del ejército liberal de la reina española Isabel II, se sublevaron contra las tropas españolas de ocupación, se hicieron dueños de Pamplona y fusilaron entre otros al ex virrey de Navarra y general de la reina, el conde Sansfield, de infausto recuerdo para los bilbaínos, al que los sublevados atravesaron con sus bayonetas y dejaron desnudo en la actual plaza del Castillo, en aquel entonces de la Constitución, durante 2 horas. Dominada la sedición, Iriarte y Barricart fueron fusilados en el interior de la Ciudadela de Pamplona junto a otros dirigentes por el general Espartero por haber intentado recuperar la independencia de Nabarra.

“(…) considerando asimismo por las declaraciones testificales que se comprometió bajo su firma a seguir y llevar a efecto la conspiración que tenía por objeto la independencia de Navarra, cuyo documento confesó el mismo Iriarte haber firmado (…).Condena a la propia pena al comandante del Segundo Batallón de Tiradores Don Pablo Barricart, por resultar justificado: que se mantuvo al frente de su batallón cuando se pronunció la insurrección, y que en vez de contenerla, continuó a su cabeza y vino a Pamplona; segundo, que en el camino de esta plaza dirigió su voz a los insurreccionados... de lo que resultó que instigados por los sargentos e intimidados por las amenazas, tuvieron –el jefe y oficiales del primer batallón– que ponerse al frente de sus compañías; tercero, que fue el primero que firmó la relación de su batallón inserta con el número seis, de los que se comprometieron a proclamar la independencia de Navarra; cuarto, que hizo destacar el piquete que arrestó al general Sansfield; quinto y último, que aconsejó en Lumbier a varios sargentos, que se fugasen…»

Es parte de la sentencia del Consejo de Guerra celebrado en Pamplona en 1837 contra el coronel León Iriarte, el comandante Pablo Barricart y el resto de las tropas sublevadas por proclamar la independencia de Nabarra. También fueron fusilados 4 de los 8 sargentos condenados y que fueron los que empezaron la rebelión por la falta de pagos de sus nóminas que reclamaban a Sansfield, pues los otros 4 sargentos amotinados habían logrado huir.

La guerra se eternizaba en tierras vascas y acabó hartando a la población que soportaba una carga económica y de vidas humanas insostenible por más tiempo.
Ninguno de los dos ejércitos se imponía al otro, los mandos carlistas se mostraron divididos y los isabelinos no lograron imponer la disciplina castrense entre sus tropas.

En este contexto, Muñagorri propuso separar la causa de la sucesión de Carlos-Isabel y la de los Fueros y habló de "Paz y Fueros", es decir, trató de desligar el tema foral del carlismo oficial. Los carlistas se dividieron entonces entre los que están a favor de Muñagorri, los "transicionistas", y los "obispos u hojalateros" (de la expresión "¡ojala ocurra esto o aquello!").

En el año 1838 un Proyecto de Bases redactado por la Diputación del Reino, proponía actualizar los Fueros, dejando la relación con España únicamente a través del monarca (como el Imperio austrohúngaro por ejemplo).

Los carlistas propusieron a Don Carlos, tal y como queda recogido en el Boletín oficial de Navarra de 27 de mayo de 1838 bajo el título "Bases bajo las cuales Navarra y las Provincias Vascongadas seguirán adheridas a la monarquía de Carlos V":
1. Navarra y las provincias vascongadas formarán otras tantas repúblicas independientes, federativas de la monarquía española.
2. Cada una de las provincias de Álava, Guipúzcoa y Señorío de Vizcaya se gobernarán también según sus antiguos.
3. Navarra se gobernará también según sus fueros en el estado que tenían cuando se agregó a la Corona de Castilla en el año 1512.
4. Se reformará la representación nacional en la forma que las Cortes reunidas según el estado antiguo; pero a votación nominal y no por estamentos y a pluralidad absoluta de votos.
Además no se permitiría la presencia de tropas españoles en su territorio (Antonio de Irala "Historia de la Guerra Civil").

En el año 1839 el Síndico de las Cortes de Navarra Ángel Sagaseta de Ilurdoz, hizo una propuesta similar, pero para entonces, los carlistas iban perdiendo batalla tras batalla.

Poco después de este Boletín, a mediados de 1838, los carlistas alto nabarros se sublevaron tras la derrota de Peñacerrada, donde las legiones castellanas no combatieron con suficiente intensidad, pues según ellos estaban en conversación con el enemigo encabezados por el comandante supremo de las tropas carlistas Maroto nombrado como tal tras esta derrota de Peñacerrada. Y así era. Los carlistas alto nabarros entraron en Estella gritando "Muera la junta, mueran los hojalateros, abajo los castellanos y vengan nuestras pagas", persiguieron a los “extraños al país” (españoles) y pidieron la libertad de los generales.

Sofocada rebelión, Maroto se hizo dueño de la situación con sus tropas carlistas castellanas. El 14 de febrero de 1839 fusiló a todos los generales y altos mandos contrarios a pactar con los liberales y que intentaban sublevar a las tropas contra él.
En los últimos meses de la guerra, Maroto se dejó llevar y preparó Bergara, el pacto se pergeño en una venta de Abadiño, cuando Espartero habló de suprimir los Fueros, hubo un conato de proclamar la independencia por el General carlista Elío, el cual hablaba de “crear un estado carlista vasco-navarro” .

Las tropas carlistas alabesas y alta nabarras no querían ir a Bergara y retrasaron un día su llegada, por lo que el alto mando carlista apareció con sólo parte de la tropa y donde se oía el grito de “traición”, estaban además exaltados por la quema de sus campos por los liberales y pedían directamente la independencia.
Según Avinarieta, político español de origen vasco que tomó parte directa en la contienda de forma oscura por la reforma de los Fueros, también entre la tropa gipuzkoana hubo intentos serios de proclamar la independencia.

La suerte estaba echada, alea jacta est: se produjo el "Abrazo de Vergara" el 31 de agosto de 1839, donde el liberal general Espartero, que fue el que tomó definitivamente Bilbao tras la Batalla de Lutxana, dijo: "yo os prometo que se conservarán vuestros Fueros, y si alguno intentara despojaros de ellos, mi espada será la primera que se desenvaine para defenderlos", e incluso: “el liberalismo no quiere quitar los Fueros a los vascos, sino hacer extensibles sus beneficios al resto de los españoles", una mentira nada piadosa. Recibió por ello el título de conde de Luchana y duque de la Vitoria.

La mayoría carlista no aceptó el pacto firmado dos días antes en Oñati: 11 batallones aceptaron (3 gipuzkoanos y 8 bizkaínos), otros 22 lo rechazaron y partieron al exilio (los 13 batallones alto nabarros, 5 gipuzkoanos, 6 alabeses). 8.000 carlistas exiliados tras la Primera Guerra Carlista, con sus mando tomaron parte de la “Guerra Grande” de Uruguay batallón de los vascos.,después formaron parte de la elite del país.


Hay quien habla de la traición de Maroto, que habría sido sobornado con un millón de piastras, por lo que tendrá un lugar en la historia vasca al lado de Diego López de Haro y el conde de Lerín entre otros; habló de la traición del general murciano el escritor Victor Hugo que vivía en Pasaia (Gipuzkoa) por esa época y donde escribió muchas de sus obras famosas (de él es la frase "el euskara es la nación de los vascos"); de hecho, se fusiló a partidarios de las ideas de Muñagorri, y se dijo que todo fue la escenificación de la venta pactada en secreto de la supresión de los Fueros. Se habla de unos 300.000 muertos en esta Primera Guerra Carlista.


R. Rofríguez Garraza, en 1839, al estudiar la Primera Carlistada, se preguntaba: “¿será posible transformar el reino más antiguo de la península de reino de por sí en mera provincia?”.
Dichos nabarros:
"Más falso que un guiri" (ver nota 1)

"Ser más traidor que Maroto".

¿Se intentó reimplantar el Estado de Nabarra durante el primer carlismo?


No fueron pocos los que narraron situaciones de conato independentista dentro de las tropas carlistas vascas, algo que no resulta extraño cuando se habían producido pocos años antes procesos similares en las demás colonias españolas de allende los mares en las que los vascos participaron activamente.

El político e historiador mexicano Lucas Alamán (1792-1853), en “Historia de México”, demuestra que la mayoría de los conquistadores de América eran de Extremadura, en concreto de Badajoz y de Medellín, y que los que provocaron la caída del Imperio español fueron vascos: Xavier Mina, Mariano Abasolo, Juan de Aldama, Agustín de Iturbide o José Antonio Etxebarri (México), Nocoechea o Martín de Alzaga (Argentina), Luciano Elhuyar (Colombia) etc. El propio Simón Bolivar se sabía descendiente de vascos, pasó más de un año entre sus parientes y con los miembros ilustrados de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País Vasco antes de partir a luchar por la independencia de América.


Se ha especulado mucho sobre las intenciones reales de la principal figura del primer carlismo vasco Tomás Zumalakarregi (Ormaiztegi 1788-Zegama 1835, Gipuzkoa). Algunos de sus coetáneos como Luciano Bonaparte (príncipe y vascófilo francés) y Agusti Xaho (pensador y político zuberotarra), hablan de él como el caudillo de la independencia vasca.

Es probable que tal idea no pasara por su cabeza o al menos no fuera un planteamiento bien formado y que lucha fuera por la defensa foral. A principios del siglo XIX, los diferentes territorios en los que se dividió el reino de Nabarra estaban acomodados a sus Fueros o leyes nabarras aunque fuera bajo un Estado o Imperio ajeno, de ahí el nombre de “estados separados” y después de “provincias exentas” que les dieron.

Así lo constataron, por ejemplo, los británicos Wilkinson y Somerville (1837 y 1839) que relatan que estuvo a punto de aceptar la corona del país como “Tomás I, rey de Navarra y Señor de Vizcaya”. El ayudante del general, coronel de Vargas, se hace eco de este rumor en sus memorias, rumor que corrige en parte el prusiano Laurens (1839): "Zumalacarregui era el ídolo de su pueblo y se hablaba sin reparo de alzarlo con la corona de Navarra y hacerlo rey de los vascos. No era ésta, sin embargo, la idea de Zumalacárregui. No quería otra cosa que defender los derechos y libertades de su patria y esquivó aquel honor modestamente, dejando paso a su legítimo rey que se hallaba en Inglaterra" (Idoia Estornés Zubizarrreta 2008)

Esto es confirmado por Mª Cruz Mina gracias a una carta de Zumalakarregi al pretendiente Carlos María Isidro de Borbón para que tomase la corona de Nabarra de las "provincias vascongadas" (unidas y separadas por tanto de la corona española), pues esta lo merece aunque sea un territorio pequeño, "pero de gente leal y de héroes".

En el libro “Fueros y carlistada” Mikel Sorauren (edit. Nabarralde 2008) señala que fue el General carlista Maroto quien sembró la desconfianza del pretendiente D. Carlos hacia Zumalakarregi, pues creía que miraba más hacia la independencia, tal y como relata el propio Maroto en sus memorias “Vindicación del General Maroto” 1846.

En esas memorias, el general carlista Maroto del “Abrazo de Vergara” (considerado un traidor por las tropas vascas), relata que en junio de 1839 las oficialidad del carlismo gipuzkoano ofreció le ofreció finalizar la contienda y proclamarse presidente de una república vasca de cuatro provincias. El general carlista Elio hablaba de “crear un estado carlista vasco-navarro”.

Segundo Flórez escribió la biografía autorizada del General Espartero (cabeza el ejército liberal enfrentado a los carlistas), en la que se relata que el general carlista Guerqué estaba con el bando “apostólico” o “los brutos” por la independencia hasta la muerte, pero fue fusilado en Lizarra-Estella por Maroto en febrero de 1839 tras una derrota de aquél en el campo de batalla.

Avinarieta, político, espía español y liberal que participó activamente en la contienda dijo: “Zumalakarregi era un instrumento secreto del gobierno francés, que supo lisonjear su ambición con la promesa de colocarla al frente de la federación de aquella provincias”

El historiador Pirala en el año 1835 dijo en Baiona: “no se sabe cuales fueron las miras de Zumalakarregi, aunque hay barruntos para creer que se trataba de declarar la independencia de las provincias”.

Había quienes querían darle la corona de Nabarra a Zumalakarregi, que reinaría como Tomás I de Nabarra. Desde la Diputaciones vascas salió tal pretensión a la vista de ciertas connivencias internacionales, se le pide que acepte ser nombrado “rey de los vascos”.

Hubo también otros muchos actores secundarios de aquella contienda y alguno principal que hablaron sobre la independencia vasca fuera a parte de las intenciones de Zumalakarregi. El virrey impuesto a Alta Navarra, llegó a decir en 1834: “la guerra en (Alta) Navarra es un el día para aquellos habitantes una guerra nacional, y con corta diferencia lo es igualmente en las tres provincias exentas” (“Mapas para una nación” José María Esparza edit. Txalaparta 2011).

Debecout en 1836 en París: “los vascos podrán decir en su día: defendimos la independencia de Euscaria contra los españoles”.

Charles Dembouski que viajó por España entre 1838 y 1840 dijo: “Es evidente que la lucha ya no se sostiene sino gracias a la admirable tenacidad que caracteriza a los navarros y a los vascongados, ya su odio innato a los españoles que consideran como dominadores extranjeros”.

Augusto Von Goeben (1841), militar prusiano luchador carlista en su obra “Cuatro años en España”: “Los vascos están orgullosos de su origen, de su independencia y de sus prerrogativas, miran a los demás españoles como extraños y los desprecian como a tales”.

Louis Viardot (1800-1883), periodista francés de la época e historiador hispanista: “Si se reconoce de una que Navarra y las provincias vascas no luchan por otra cosa que su independencia, y no por la causa carlista, la cuestión se simplifica (…) ¿Por qué no hacer de las provincias vascas y Navarra una confederación independiente neutral, una Suiza de los Pirineos? (…) Ellas no se consideraron jamás como formando parte de España, han conservado siempre su nacionalidad”.

El escritor e historiador hispanista francés Prosper Mérimeé (1807-1870), habla también de que sería conveniente erigir el País Vasco en un “Estado independiente”.

El zuberotarra A. Xaho en su libro "Viaje por Navarra durante la sublevación de los vascos" de 1835 relata la situación política con frases tan contundentes como:

“La independencia de la Federación Vasca se proclamará sin combate”.

“Si el Gobierno francés, interviniendo contra Zumalakarregi, declarara la guerra de exterminación de nuestra raza, tengo razón de creer que los vascos de Francia, en vez de marchar contra sus hermanos, no dudarían ni un momento en tomar una resolución dictada por los intereses de su gloria y libertad (…). El misterioso lazo de unión de la lengua nacional había sido suficiente para establecer entre nosotros desde el principio la misma confianza y familiaridad que si nos hubiésemos conocido desde hace largos años”.

“Los navarros dan a los constitucionales el mote de negros, y comparan la revolución española con la sublevación de los negros: comprenden muy bien la emancipación de los castellanos, pero se niegan a asociarse a ella, y rechazan una comunidad social que traería para los montañeros, la pérdida de su independencia nacional y su libertad social”.

En el año 1838 un Proyecto de Bases redactado por la Diputación del que todavía se llamaba oficialmente “reino de Navarra”, proponía actualizar los Fueros, dejando la relación con España únicamente a través del monarca, como el Imperio austrohúngaro por ejemplo, es decir, como había sido hasta entonces. Los carlistas propusieron a Don Carlos tal y como queda recogido en el Boletín oficial de Navarra del 27 de mayo de 1838 bajo el título "Bases bajo las cuales Navarra y las Provincias Vascongadas seguirán adheridas a la monarquía de Carlos V":
1. Navarra y las provincias vascongadas formarán otras tantas repúblicas independientes, federativas de la monarquía española.
2. Cada una de las provincias de Álava, Guipúzcoa y Señorío de Vizcaya se gobernarán también según sus antiguos.
3. Navarra se gobernará también según sus fueros en el estado que tenían cuando se agregó a la Corona de Castilla en el año 1512 (sic).

En el año 1839 el Síndico de las Cortes de Navarra Ángel Sagaseta de Ilurdoz, hizo una propuesta similar, pero los carlistas iban perdiendo batalla tras batalla.

Incluso hubo un motín para reimplantar plenamente el reino de Nabarra, curiosamente entre los liberales, encabezados por el coronel León Iriarte y de Pablo Barricart (1837) -junto con otros muchos soldados liberales- a las afueras de Pamplona-Iruña, cuya sentencia de muerte decía: “(…) considerando asimismo por las declaraciones testificales que se comprometió bajo su firma a seguir y llevar a efecto la conspiración que tenía por objeto la independencia de Navarra, cuyo documento confesó el mismo Iriarte haber firmado (…)”.

Incluso en la Segunda Guerra Carlista, se dijeron cosas como:
El Correo Vascongado de corte liberal el 19-04-1873 se hizo eco de las negociaciones entre carlistas y liberales y señalaba que se ha llegado a “un acuerdo en todos los puntos, a excepción hecha de la independencia absoluta de las provincias vascas y Navarra que parece ser la única dificultad que aún resta por vencer”.

El noticiero “La Bandera Carlista” el 19-09-1875: “El país vasco-navarro antes que someterse a D. Alfonso (el pretendiente liberal), se proclamaría independiente”.

Elissé Reclus (1830-1905), revolucionario anarquista francés en “Nueva geografía universal”: “Cuando los habitantes del País Vasco de España tenían Fueros, constituían un Estado dentro de un Estado”.

El conocido historiador español Manuel Tuñón de Lara en su libro “Historia de España en el siglo XIX” (1974) añade otro aspecto de las Guerras Carlistas: “Por encima de hechos aislados anecdóticos, el rasgo esencial y original que tienen la guerra carlista en Euskalerria es su dimensión popular que viene a ser, ni más ni menos, el primer signo de formación de una conciencia nacional”. No cabe duda de que de aquellos lodos dieron lugar al nacionalismo vasco, pero no cabe duda de que aquellos lodos eran imposibles sin tener ya esa conciencia nacional que habría que buscarla en los 1.000 años del Estado de Baskonia-Nabarra (años 600-1620).

En su libro “Los vascos en la historia a través de Garibay”, el antropólogo español Julio Caro Baroja dice que el historiador gipuzkoano Esteban Garibay (s. XVI) tenía “la idea de que las libertades forales suponían la existencia de “un Estado dentro del Estado”, cosa que se pensaba y decía ya en tiempos de Carlos IV (s. XVIII-XIX)”.

R. Rodríguez Garraza, en 1839, al estudiar la Primera Carlistada, se preguntaba: “¿será posible transformar el reino más antiguo de la península de reino de por sí en mera provincia?”. Esta pregunta aún nos la hacemos los nabarros.




LA SUPRESIÓN DE LOS FUEROS

"Los pactos sin espada no son más que palabras" Hobbes.

Hermilio Oloriz, escritor, político e historiador nabarro (Pamplona 1854-1919), dejó escrito en su “Cartilla foral”:

“-No, señor; el Pacto de 1512 fue reformado por otro nuevo Pacto.
- ¿Y la reforma resultó ventajosa para Navarra?
- Para España fue muy ventajosa; para Navarra muy perjudicial.
- ¿Cuándo tuvo lugar ese nuevo tratado?
- El 16 de Agosto de 1841.(…)
- En primer lugar cedió sus Cortes, y con ellas la facultad legislativa (…)
- Cedió sus Tribunales de Justicia.
- ¿Cedió más todavía?
- Sí, señor; las aduanas y el estanco del tabaco, con cuyos rendimientos pudiera hoy vivir el pueblo navarro libre de toda contribución. (…)
¿Y en qué derecho se escuda el Gobierno para cometer semejantes arbitrariedades?
- Ya nos lo tiene dicho; en el derecho del número, en el de la fuerza”.
……………………………………………………………………………………..

Tras la Primera Guerra Guerra Carlista, en el año 1841, el general liberal español Alcalá, quiso que Gipuzkoa le reconociera como su jefe político, las Juntas Generales le aplicaron el "Pase Foral": se obedece pero no se cumple . Alcalá ordenó entonces la detención del alcalde de Azpeitia Ignacio de Altuna, miembro destacado de la "Real Sociedad Baskongada de Amigos del País", la organización más avanzada, tanto en aspectos tecnológicos como en el pensamiento, y la más europeísta de la península. Ignacio Altuna, amigo personal de Rousseau, lideró la negativa de todos los municipios a esas pretensiones. La rebelión posterior fue sofocada por el Espartero, general del ejército español convertido en el primer presidente electo de España tras unas votaciones donde sólo podían participar el 3% de la población en base a su poder adquisitivo.

Espartero, el general liberal del “Abrazo de Bergara”, expidió en Vitoria el decreto del 29 de octubre de 1841 "manu militari", equiparando a Alta Nabarra con España. Fue el hecho de que el Estado nabarro fuese un Estado moderno, «con una sociedad políticamente cohesionada y unas instituciones sólidas, lo que obligó a los conquistadores a tener que soportar, muy a su pesar, la existencia de un sistema jurídico, político y social mucho más avanzado y desarrollado que el suyo propio ».

JOSEBA AGIRREAZKUENAGA: “El convenio de Bergara fue la traición y la ley, un engaño. A. Artiñano (Jaungoicoa eta Foruac, 1869) formuló el argumento: se oponía a la ley porque "la reforma se haría por el Gobierno y se aprobaría por las Cortes, o lo que es lo mismo, quedaba a merced y voluntad de nuestros enemigos. (…) Vizcaya como Estado independiente puede usar de su soberanía dentro de su derecho, por nadie negado". Por lo tanto, Bizkaia debía elegir un nuevo Señor que no podía ser otro que el pretendiente Carlos VII. Sabino Arana tomó la interpretación de Artiñano y en Bizkaitarra (1894-I-31) publicó: "En el año 1839 cayó Bizkaia, definitivamente, bajo el poder de España. Bizkaia, de nación independiente que era, con poder y derechos propios, pasó a ser en esa fecha una provincia española".
SUPRESIÓN Y RESTABLECIMIENTO La Constitución de 1837 había ignorado el sistema foral. Pero, dada la singularidad que en el marco de la Monarquía representaba su institucionalización política, las Cortes aprobaron una ley de supresión de las instituciones forales (16-IX-1837). Se instauraron las diputaciones provinciales previstas en la Constitución. Dos años más tarde, la nueva ley (25-X-1839) y el decreto (16-XI-1839) restablecieron las Juntas Generales con un mandato: los fueros debían adaptarse al marco constitucional, y no a los principios de la Monarquía absoluta.
Con frecuencia se ignora que la Monarquía absoluta de Fernando VII creó una comisión para modificar los fueros en 1815 que emitió su dictamen en 1819 (Informe sobre los abusos de la Real Hacienda…), proponiendo unas medidas muy concretas que laminaban el poder foral. Los acuerdos en Conferencias de las diputaciones del período 1814-1820 dan testimonio de la resistencia al uniformismo absolutista. Sin embargo, el nuevo gobierno liberal aplicó (19-VIII-1820) las medidas del citado informe (traslado de aduanas, impuestos, etc.) y en adelante se adoptó el siguiente principio: "Que toda excepción que aventajase a una Provincia sobre las demás la constituiría a manera de una república apartada y sobre sí". Las instituciones forales incomodaban a los absolutistas y a los liberales, aunque en 1823, cuando los absolutistas volvieron al poder por vía militar con el apoyo de las monarquías absolutas europeas, se restablecieron las instituciones forales.
RESISTENCIA Y MANIFESTACIONES La ley de 1839 fue aprobada con resistencia parlamentaria. Se hicieron enmiendas al proyecto confirmatorio del Gobierno. Unos circunscribían los fueros a la esfera económico-administrativo-municipal. Otros, además, les atribuían un poder político. Y como no quedaba claro el resultado, se orquestaron diferentes manifiestos. El Ayuntamiento de Bilbao impulsó uno firmado por cerca de 900 vecinos para reclamar la confirmación de los fueros. Bilbao era un mito y símbolo liberal, porque había resistido los sitios carlistas. Por otro lado, los liberales vascos residentes en Madrid declararon: "Los fueros han creado esa nacionalidad navarra y vizcaína que llevamos en el corazón". La aprobación de la ley fue festejada en Bilbao y Vitoria. Más adelante, las Juntas Generales de Bizkaia y Gipuzkoa interpretaron que la ley era un acta adicional de la Constitución (…)
C. Loizaga, consultor de las JJ.GG., escribió que la ley de 1839 ofrecía una respuesta al pensamiento que en 1812 y 1820 acordaron las JJ.GG. de Bizkaia y preguntaba: "¿Y será justo que un gobierno liberal, contra el sentimiento y voluntad expresa de este pueblo, le arrebate su sagrado Código?". Por lo tanto, había que aprovechar la oportunidad y presentó a las JJ.GG. de Bizkaia un proyecto articulado para conservar "la parte esencial de sus Fueros". Distinguía dos esferas: la gestión del "gobierno interior," dependiente de las Juntas Generales, y el resto de conformidad a la Constitución (…)”.

En 1841 Nabarra dejó de ser reino para España después de más de 1.000 años de historia. Como relata Tomás Urzainqui en su libro “Navarra Estado europeo”, hasta 1841 Nafarroa mantuvo su condición de Estado: «Aunque no tuviera una soberanía política porque desde su conquista no podía cambiar de rey, las instituciones, el poder legislativo y judicial eran totalmente navarros, estando terminantemente prohibido que se aplicara el derecho castellano en sus tribunales. El poder ejecutivo -¬ prosigue Urzainqui -¬, desde el punto de vista del gobierno y la administración, recaía en la Diputación del Reino, que era un órgano delegado de las Cortes. Ese fue el poder legítimo de Nafarroa hasta 1841. Es decir, que la negación del Estado navarro en realidad no tiene más de 160 años».

Se le impuso por tanto a la población la conocida como "Ley Paccionada", que aunque llamada así, no se basaba en pacto alguno sino que era una mera imposición, ni se preguntó al pueblo alto nabarro sobre la misma, pues la hubiera rechazado de plano. Por esta imposición y según el artículo 25: “(Alta) Navarra pagará, además de los impuestos antes expresados, por única contribución directa, la cantidad de 1.800.000 reales anuales. Se abonarán a su Diputación Provincial 300.000 reales de los expresados 1.800.000, por gastos de recaudación y quiebra que quedan a su cargo”. Será por tanto un de antecedente del Cupo.

En los artículos 2º y 4º de la citada ley, se eliminaba el poder judicial propio alto-nabarro. En los artículos 5º y 7º, quedaron también derogadas las leyes municipales propias de Alta Nabarra. En los artículos 8º y 13º, se suprimieron las Cortes de Nabarra y la Diputación Foral por una provincial con menos atribuciones. En el artículo 16º, se eliminaron las aduanas interiores. Se gravaron a los alto-nabarros con nuevos impuestos de la sal y del tabaco, tan peleados durante las matxinadas, de las que serían el colofón las Carlistadas. En el artículo 26º, se privaba a Alta Nabarra de su soberanía en lo religioso. Además se eliminó el "Pase Foral” o “derecho de sobrecarta”, el virrey de Navarra se convirtió en Capitán General y se impusieron las aduanas en la costa frente al denominado “cordón del Ebro”.

Se exigirá por primera vez un cupo de hombres para las quintas, aunque “negociable” (artículos 1º y 15º), por lo que las deserciones de nabarros de Alta Nabarra al ejército español fueron masivas. Se introdujo en Alta Nabarra poco después la Guardia Civil para el control de la población, fundada en 1844 por el español - aunque nacido en Nabarra- F.J. Girón Ezpeleta. La Nabarra Occidental no tuvo que mandar a su gente al ejército español, aún, pues lo tendrá que hacer después de perder la Segunda Guerra Carlista.

Con la llamada Ley Paccionada, en la desde entonces “provincia” de (Alta) Nabarra, se conservaron una parte exigua y la menos importante de los Fueros o leyes del reino de Nabarra. Es decir, se eliminaron de las cuatro “provincias” las Diputaciones Forales soberanas, el poder legislativo soberano y todo contenido judicial de los Fueros; de los Tribunales de Justicia Municipal o Foral se pasó a los Juzgados de Primera Instancia o Audiencias Nacionales, se nombraron gobernadores y jueces desde Madrid.

El general del ejército español y presidente de gobierno Espartero tomó otras medidas represivas: así se censuraba la prensa y las imprentas, se tutelaban las elecciones donde sólo podían votar los ricos más favorables al régimen frente al modelo de “fuegos” o viviendas de los Fueros nabarros etc. es decir, se trataba a los nabarros como ciudadanos de un Estado invadido y rebelde.

Como dice Tomás Urzainqui: “Antes de la suplantación de 1841 la legítima representación del pueblo de Navarra, la Diputación del Reino, contestó expresamente a la petición del Gobierno español que, los navarros no podían enviar sus representantes a las Cortes de Madrid porque Navarra ya tenía su propia Asamblea Nacional o Cortes.”

Uno de los firmantes, el Regente de la Audiencia de Nabarra y diputado por la merindad de Tudela, Fulgencio de Tudela, tuvo que pedir su traslado a Manila (Filipinas) ante la presión popular, al volver para morir a su pueblo natal, Tudela, el pueblo se amotinó y hubo fuertes disturbios –Roma no paga a traidores-.

La Ley Paccionada benefició a los grandes terratenientes que controlaban las desastrosas desamortizaciones y les convenía la frontera en los Pirineos al eliminar con ello la competencia de los productos franceses. El cercenamiento de los Fueros tuvo consecuencias económicas nefastas para Alta Nabarra, que de ser puntera en Europa, pasó a una ralentización preocupante y un despoblamiento acusado en el campo .

Por tanto, resulta ridícula la argumentación oficial española de que las Guerras Carlistas eran meras cuestiones dinásticas y lo foral para los nabarros era secundario, pues en ese supuesto, no tendría sentido todas las reformas llevadas a cabo por los vencedores para eliminar los Fueros cuando ya habían logrado mantener la línea sucesoria femenina y habían implantado un liberalismo moderado o el control del poder por una plutarquía o gobierno de los ricos, además del manifiesto apoyo de los liberales vascos de los Fueros incluso ante las Cortes españolas.

También es un total despropósito ver en los generales “liberales” y plutarquía que ganaron las carlistadas unos demócratas, aconfesionales, constitucionalistas o librepensadores en base a ideas actuales frente a unos carlistas que se aferraban “al Antiguo Régimen”, y obviar que fue sólo una élite de militares y ricos, igual de religiosos y conservadores, la que se encaramó al poder de donde, efectivamente, desplazaron a los reyes absolutistas igualándose así a la vieja nobleza y ampliando las familias en el poder.

La lucha de los vascos fue contra una pretensión añadida de los liberales: la creación del Estado-nación, imitación del modelo francés que los españoles envidiaban y que pasaba, indefectiblemente, por igualar en todo los reinos o Estados peninsulares invadidos: leyes, idioma y cultura, en busca de una nación inexistente hasta entonces y más fácil de gobernar, todo ello desde la nación castellana que se convertía en colonizadora, cuando era el Estado más antidemocrático de todos ellos pero para entonces el más poderoso, nacido de una élite guerrera en continua rapiña por la península y el mundo, por lo que el devenir totalitario de los años posteriores con numerosas dictaduras y hasta el presente, estaba servido, así como el carácter antidemocrático e intrínseco de lo español.
La pérdida de las principales colonias españolas hizo a los que gobernaban tener que replantearse su modelo de Imperio antes de su total destrucción y buscaron en el recién implantado modelo francés la solución. Sólo un dato es suficiente para ver lo que ha implicado este modelo: el euskera sufrió, justo después a los años posteriores a las Guerras Carlitas, el mayor retroceso de toda su historia desde la llegada de las legiones romanas casi 2.000 años antes, hasta llegar a ser una minoría los vascoparlantes en el País “Vasco” o País del Euskera (del francés Pays Basque) y por primera vez no hay euskaldunes monolingües en 30.000 años.

Ese año 1841, el general liberal tinerfeño O´Donell, con el apoyo de las cuatro Diputaciones Nabarras, se levantó en Pamplona contra Espartero, exigiendo la devolución de los Fueros, pero no lo consiguió.

A partir de 1844 Madrid, temeroso del renacer carlista, restableció parte del sistema administrativo foral, en lo que se conocen como los “Fueros de la desgracia”: Diputaciones forales (no provinciales con menos atribuciones), Juntas Generales, las competencias tradicionales de los ayuntamientos y el llamado desde entonces corregidor político, pero poco más.

Aun así, estos reconocimientos de última hora, evitaron probablemente que las cuatro partes en que dividía la Nabarra peninsular el Imperialismo (aunque no se pueden olvidar otras como La Rioja), secundaran la guerra de los “matiners catalanes” (1846-49), a la que algunos llamaron la Segunda Guerra Carlista. Los catalanes se levantaron a favor de Carlos VI Isidro, hijo de Carlos V. En Nabarra este acontecimiento tuvo una tibia respuesta, con partidas de guerrilleros por los montes pero sin prender en ningún momento.

El diputado liberal Joaquín Barroeta Aldamar llegó a decir, en 1849 en las Cortes de Madrid, para defender la libertad fiscal vasca: “Como liberal consecuente, decía, no revolucionario, debo defender las instituciones baskongadas, que son las más liberales que existen en Europa, restos venerables de antiguas libertades tan solo allí conservadas, y que ningún verdadero liberal puede atacar sin cometer sacrilegio”.

Tomás Urzainqui en mayo del 2002 lo dejó claro en una intervención en la “Comisión de Autogobierno” del Parlamento de la C.A.V. creado por España en la Nabarra Occidental: “El Estado europeo de Navarra es una realidad jurídico-política que sólo puede ser negada desde antidemocráticos planteamientos de dominación nacional. La existencia del Estado navarro no desaparece por la imperialista, antidemocrática y antijurídica imposición “manu militari” de las instituciones provinciales españoles a partir del año 1841. El sistema jurídico del Estado navarro no fue disuelto, desmantelado o suplantado por acuerdo de los representantes de Navarra reunidos en sus Cortes Generales, sino, muy al contrario, impidiéndoles que se reunieran. Ese desmantelamiento nunca fue decidido por el pueblo navarro, que tampoco fue consultado de cualquier forma ni entonces ni después.
Uno de los síntomas de nacionicido es la amnesia de la historia propia. El efecto del nacionicidio es la privación, y sustitución de su sistema jurídico y de su derecho nacional.

(…) Sobre la lengua y la cultura se ha producido el lingüicidio y la primitivización. En este sentido ideológico dominante, la realidad política del Estado nacional propio queda ocultada. Ni éstos ni aquellos quieren reconocer de momento una realidad política mucho más evidente y clarificadora: la existencia de un Estado nacional hibernado por efecto de las sucesivas conquistas, de la ocupación y de la dominación permanente.
Según el término al uso se suele llamar a este país una “Nación sin Estado”, cuando la verdad es que ésta Nación es un Estado secuestrado por otros Estados.”

“Bigarren txandan
aditutzendet
ate joka dan dan.
Ate onduan
Norbait dago ta
Galdezazu nor dan”.
(Por segunda vez/ oigo /que están llamando a la puerta, dan, dan./ Junto a la puerta hay alguien/Pregunta quién es). Canción carlista de alzamiento.


EL ESTADO CARLISTA. LA SEGUNDA GUERRA CARLISTA

El filósofo ginebrino Jean Jacques Rousseau (1712-1778) dejó escrito con cierta ironía: “Gernika es el pueblo más feliz del mundo. Sus asuntos los gobierna una Junta de campesinos que se reúne bajo un roble y siempre toman las decisiones más justas”.

El geógrafo y naturalista alemán Wilhelm Humboldt (1767-1835) poco después escribió esto otro: “en el País Vasco hay un apartamiento menos visible de clases, cuya diferencia desaparece a los ojos del vizcaíno genuino. (...) Incluso los que tienen títulos honoríficos en Castilla viven en su patria en una muy grande comunidad con la masa del pueblo, pues no pueden eximirse de las costumbres y de la lengua de éste”. En 1799 W. Von Humboldt dijo: “Nunca he visto un pueblo que haya conservado un carácter nacional tan fuerte como los vascos”.

Rousseau, “Contrato Social III”: “el más fuerte nunca es lo bastante fuerte para ser siempre señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber”.


Los nabarros en el siglo XIX se dieron cuenta de que España, el Imperio español, les estaba quitando las leyes propias de su Estado invadido, sus Fueros nabarros o derecho pirenaico, a los que se habían acomodado creyéndose libres en ellos tras los siglos transcurridos desde la invasión castellano-española de los diferentes territorios de Nabarra, e incluso algunos tardaron tiempo en llegar a esta conclusión confundidos por la sucesión dinástica y el fervor religioso.

El Imperio español, compuesto por diferentes Estados, lo que trató en el siglo XIX fue aumentar las familias en el poder con los comerciantes enriquecidos sobre todo en el negocio colonial (familias a las que difícilmente se puede llamar burguesía), mediante unas elecciones en las que sólo podían participar ellos (las Cortes no se reunían en Castilla desde hacía siglos) , frente a una clase noble en decadencia y unos reyes absolutistas que tocaban a su fin, pero en el viaje se reestructuró para imponer una uniformidad cultural y legal suficiente para hacer creer a sus habitantes que el Imperio era en realidad un sólo Estado, incluso un solo pueblo o nación -Estado-nación- que sería más fácil de gobernar, asustados por la desintegración colonial que se estaba produciendo, pues no existía esa conciencia nacional como no la existió en Francia antes de la Revolución Francesa que intentaban copiar, y ello chocó sobre todo con los nabarros y catalanes, pues no tenían nada en común con las regiones de las Españas y demás colonias, más que la corona que los invadió y destruyó su Estado, acomodándose desde entonces a una estructura “confederal” entorno a la corona, estructura descentralizada que es la que en realidad defendieron.

A diferencia de Francia, la caída del absolutismo en España se produjo de la mano de diferentes generales golpistas que se sucedieron rápidamente en el poder sin que el pueblo tomara parte, por tanto, se pasó de un régimen totalitario-absolutista y decadente a otro igual de totalitario pero más centralizado y uniformizante, un falso Estado-nación, centralización que los reyes españoles de las familia de los Borbones ya intentaron con notable éxito en el caso del reino de Aragón-Catalunya, pero que no supieron finalizar, situación que se prorrogará durante todo el siglo XX, con las adecuaciones pertinentes del sistema totalitario a cada época según el devenir mundial.

El primer rey Borbón de España, familia que reinaba en Francia y que primeramente reinó en Nabarra, el francés Felipe V de Anjou (1683 Paris-1746 Madrid), no ocultaba su “deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tribunales, gobernándose igualmente todos por las leyes de Castilla” (Novísima Recopilación de España 3,3,1). Este texto deja patente que España en el siglo XVIII era todavía un lugar geográfico (Hispania) de una serie de reinos bajo una misma corona, donde Castilla era el reino más poderoso.

El principal elemento novedoso para tal centralización, fueron las elecciones impuestas y que pasaron a ser conjuntas para todo el Imperio español, donde el poder central decidía quién podía participar y donde la posibilidad de defender los intereses de los nabarros era (y es) nula; modelo antidemocrático semejante al actual, fruto de la invasión del Estado nabarro y de varias guerras posteriores hasta acabar con el poder militar del pueblo nabarro.

“Una ley que determina que es la mayoría quien decide en última instancia el bien de todos no puede edificarse sobre la base adquirida precisamente por esta ley; es preciso necesariamente una base amplia, y esta base es la unanimidad de todos los sufragios” Nietzsche.
“Caben grados en la democratización del Estado, sin que sea posible quizás jamás alcanzar el óptimo en tal dirección. Pero hay un mínimo de condiciones sin cuya presencia no cabe ya denominar a un Estado democrático. Por lo que respecta basta señalar dos de ellas para confirmar el carácter antidemocrático del Estado español: la primera y fundamental es el no reconocimiento político y legal de las naciones o pueblos que ocupan el territorio sobre el que extiende su soberanía. (…) ineludible en un sistema democrático, es la posibilidad para todo cuerpo político de asegurar mediante la fuerza propia de uno u otro género, la defensa de las instituciones con las que se ha dotado y al mismo tiempo de controlar también a sus propios guardianes (…); el ejército español sigue siendo en todo caso custodio sólo de los permanentes intereses de la “nación” española que están hoy por hoy en las antípodas de los nuestros. (…) No hay posibilidad para los vascos de participar en la política general del Estado (español)” (Joseba Ariznabarreta “Pueblo y Poder”, Orreaga 2007)

Wikipedia: “El pueblo, que hasta entonces se reconocía como "vasallo del Rey de España", comenzó a identificarse como "español". En las Cortes de Cádiz, los términos de "reino" y "monarquía" fueron sustituidos por "nación", "patria" y "pueblo". Como declaró el diputado asturiano Agustín Argüelles al presentar la Constitución de 1812, «españoles, ya tenéis patria»”. Esa nueva nación o patria se impuso aprovechando las Guerras Carlistas, a sangre y fuego.

“A fuerza de pensar abstractamente en la nación, se creyó que ésta era un Madrid centrifugado, enorme que llegaba hasta mares y se apoyaba en el Pirineo. La política nacional que había en las cabezas era una política madrileña. La idea nacional quedaba, por prestidigitación inconsciente, suplantada por una idea particularista. Era madrilenismo”. Ortega y Gasset (Madrid 1883-1955), “Mundo y Expansión, Colección Grandes pensadores”.

El intervalo entre las dos guerras carlistas fue de gran prosperidad económica con continuas buenas cosechas y la primera revolución industrial en toda la península que tuvo lugar en Bizkaia. Pero en esta época también se produjo la segunda parte de las desamortizaciones (subasta pública de tierras hasta entonces en poder del clero) iniciadas en 1835 por el gaditano Mendizábal, y que retomó el también ministro de Hacienda Pascual Mandoz (de origen nabarro), pero esta vez llegaron las desamortizaciones a las tierras comunales de los municipios, elemento muy propio de las tierras nabarras y que evitaba que mucha gente pasara hambre. Generalmente los compradores fueron nobles, militares, funcionarios y grandes comerciantes, con lo cual las propiedades sólo cambiaron de manos y no llegaron a las clases más populares para que las trabajaran; con las desamortizaciones el Gobierno logró grandes beneficios para pagar sus deudas. Todas las Diputaciones nabarras se opusieron a estas nuevas desamortizaciones, considerando que violaban las disposiciones forales sobre las tierras, consiguiendo salvar con ello parte del tejido comunal nabarro.

Las desamortizaciones de los liberales habían traído las iras del clero que vieron mermados sus ingresos y bienes y espetaron al pueblo frente a ellas. Además, estaba el intento de separar la Iglesia y el Estado que el clero no veía con buenos ojos, hecho que no buscaba la libertad de culto ni era porque los liberales fueran menos católicos, sino que intentaba conseguir una menor ingerencia de la Iglesia en asuntos político-sociales. El concordato de 1851 consagró la reconciliación de la Iglesia con el régimen liberal y los generales, con lo que se aplacó, en gran parte, al clero.

En 1866 la “Diputación Foral de Navarra” propuso a las tres “Diputaciones Forales Baskongadas” crear un órgano común para dar una serie de servicios: fiscalidad, sanidad, universidades etc. Se creó lo que se llamó “Laurak bat” (Los cuatro uno), copia del lema “(H)irurak bat” (Las tres una) de la Real Sociedad Baskongada de Amigos del País . Las Diputaciones de la Nabarra Occidental no aceptaron la propuesta de Alta Navarra. Hubo (y hay) centros vascos con ese nombre en Buenos Aires, La Habana y Montevideo.

En el año 1868 Isabel II, la reina cuya coronación fue el detonante de la Primera Guerra Carlista, fue destronada mientras veraneaba en Lekeitio (Bizkaia) por los generales golpistas Prim, Topete y Serrano, que se alzaron en Cádiz y derrotaron al ejército gubernamental en Alcolea (Córdoba), conocida esta revolución como “La Gloriosa”, e impusieron un régimen autoritario dirigido por el general Serrano; la reina española Isabel huyó a Biarritz.
A Isabel le habían fallado las grandes inversiones que planteó en los Altos Hornos y ferrocarriles que no dieron los beneficios esperados, además de achacársele una vida sexual tumultuosa con numerosos amantes, entre ellos el oficial catalán Puig Moltó, padre de su hijo Alfonso XII, o el propio general golpista Serrano.

En 1869 se proclamó una nueva Constitución española y un nuevo “gobierno monárquico constitucional”, para lo que se nombró rey a Amadeo de Saboya. Pero el nombramiento de un Saboya, de origen francés como los Borbones y que reinaban en Italia, fue mal acogido por el pueblo que veía en él a un extranjero. Además, existía en Europa una agitación clerical por la pérdida de los Estados Pontificios por causa de la familia Saboya que había logrado la unificación de Italia (1861). El asesinato del General Prim, principal valedor de Amadeo, el estallido en 1872 de la Segunda Carlistada, así como la fuerte oposición del pueblo, puso fin al reinado de Amadeo y éste huyó en 1873.

En ese período, en las elecciones españolas de 1871, se dio una contundente victoria del carlismo en las tierras nabarras en las que se ve bien a las claras el masivo apoyo de sus ideas por los vascos, pese a constreñir el censo a los hombres más pudientes y por tanto más cercanos al poder que ya estaba centralizado en Madrid, los resultados fueron contundentes: todos los diputados de Bizkaia (cuatro) y Gipuzkoa (tres) fueron carlistas, la mitad de los de Alaba (dos de cuatro diputados) y 6/7 en la “provincia” de Navarra; el número de diputados nos muestra la proporción de la población de cada una de las provincias vascas peninsulares y lo uniforme del pensamiento entre la población vasca, a la cual se quiere a veces tachar de lo que no era, como un pueblo aferrándose a un pasado absolutista, pues la intelectualidad vasca, la más liberal de la península, representada por los miembros de la “Real Sociedad Baskongada de Amigos del País”, además de todos los liberales vascos, eran fueristas y fue la religión-tradición pero sobre todo los Fueros lo que defendían los carlistas. En España el fracaso del carlismo fue evidente y ganaron las posturas centralizadoras y uniformizadoras del Imperio.

Los Fueros eran mucho más liberales, mucho más garantistas y sobre todo más participativos que todas las Constituciones españolas del siglo XIX gracias a elecciones con sufragio por “fuegos” u hogares que se venían convocando de forma continua desde la Edad Media, frente a las nuevas elecciones de voto censario masculino para el entre 1 al 5% de la población más rica, según las Constitución española de que se tratase: la de Baiona de 1808, Cádiz 1812, Estatuto Real de 1834, Constitución de 1837, Constitución de 1845, Proyecto de 1852, Constitución de 1856, Constitución de 1869, Proyecto de 1873 (Primera República) y la Constitución de 1876, por lo que la supresión de los Fueros supuso una gran merma en derechos y libertades para los nabarros, que se ve claramente en el enorme retroceso del euskera que siguió a la pérdida de las carlistadas (lingüicidio y nacionicidio), sin parangón desde la invasión del reino de Nabarra .

La Segunda Guerra Carlista

“La paz obtenida con la punta de la espada no es más que una tregua”. P-J. Proudhon (1809–1865), anarquista francés.

La Segunda Guerra Carlista tuvo un fuerte carácter fuerista desde el principio, tras ver las orejas al lobo, los Fueros y la religión fueron los bastiones morales de las columnas carlistas y decayó el carácter independentista, aunque no desapareció, es más, se consiguió la reactivación de nuestro Estado durante unos años que no se había conseguido durante la Primera Guerra.

El primer alzamiento de 1872 tuvo como excusa las elecciones fraudulentas de primavera de ese año, donde numerosos muertos votaron y donde sólo se dio la victoria carlista en las cuatro “provincias” nabarras (15 escaños), consiguiendo sólo 51 escaños en las Cortes españolas.
Carlos V de España había muerto y era a su sobrino Carlos María de los Dolores, Carlos VII de España, al que eligieron en 1873 los carlistas como rey en Loyola (Azpeitia-Gipuzkoa). Carlos VII dictó instrucciones de "Levantamiento de las cuatro Provincias Vascas y cuatro Catalanas". El primer conato acabó pronto con el "Acuerdo de Amorebieta" y no prendió.

En España se proclamó la Primera República española tras la huida del rey Amadeo de Saboya, duró poco más de un año (1873-74) y conoció cuatro presidentes: Figueras, Pi y Maragall, Salmerón y Emilio Castelar, cuyo pensamiento era muy minoritario entre el pueblo y en un parlamento mayoritariamente promonárquico, estando además los republicanos divididos entre federalistas y los unitarios o centralistas. Por ello, el intento fue abortado rápidamente, su proyecto de Constitución, tras unas elecciones fraudulentas y un intento de golpe de Estado, no llegó nunca a promulgarse, proyecto que definía España como una República Federal, integrada por diecisiete Estados, que se daban su propia Constitución y que poseerían órganos legislativos, ejecutivos y judiciales, según un sistema de división de competencias entre la Federación y los Estados miembros (como los tuvieron hasta las Guerras Carlistas o la llegada de los Borbones). Sería el primer intento de democratizar España pero que no tuvo continuidad (Wikipedia).

En invierno del año 1873 se produjo el verdadero alzamiento carlista, pero limitado prácticamente a los territorios que habían perdido sus Fueros y se negaban a aceptar al nuevo modelo centralista de Estado-nación. Aunque también se extendió por el Levante, pronto quedó reducido a los diferentes territorios en que estaban divididos los nabarros y Catalunya. En la toma de Bilbao, el vasco José Garín, usó un nuevo sistema de guerra: las trincheras, fue el primero en la historia en hacerlo.

Destacó en la contienda el guerrillero gipuzkoano "el Cura Santa Cruz", Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi (Elduaien 1842-Colombia 1926), que al empezar la Segunda Guerra Carlista contaba con 30 años. Se hizo fuerte en los montes y bosques gipuzkoanos y se puso al frente de los carlistas en una guerra de guerrillas que rechazaron sus mandos. Santa Cruz personalmente nunca disparó tiró alguno ni mató a nadie. Su excesiva dureza, tanto contra las tropas de ocupación liberales como contra los dirigentes carlistas en Gipuzkoa, Leizarraga y Dorronsoro por los que se sentía traicionado, hizo que éstos últimos le formasen un consejo de guerra, huyendo Santa Cruz a Francia. Volvió con un grupo de guerrilleros y luchó con sus incondicionales contra liberales y carlistas.
Finalmente tuvo que volver a huir a Francia, donde recibió la noticia de la pérdida de la guerra, entrevistándose con Don Carlos, al que le explicó porqué se perdió la guerra, después pasó a Inglaterra y América, donde logró el perdón del Papa y se hizo misionero en Jamaica y Colombia entrando al final de su vida en la Compañía de Jesús. La bandera usada por las guerrillas de Santa Cruz era la bandera negra pirata con la calavera (con o sin tibias cruzadas) y la leyenda “guerra sin cuartel”. La bandera de los carlistas era la Cruz de San Andrés o de Borgoña: blanca con cruz roja. El cura Santa Cruz murió en Colombia en 1926, a los 84 años de edad.

En diciembre de 1874 se produjo otro nuevo golpe de Estado en Sagunto por el militar Martínez-Campos y por la “restauración borbónica” contra el gobierno del general Serrano (el amante de Isabel), que a su vez había acabado con otro golpe de Estado encabezado por el General Pavía con la Primera República Española.

El liberal moderado Canovas del Castillo se hizo con el poder con el consentimiento del militar Martínez-Campos y acabó con una época de constantes cambios de presidentes y generales dictadores que poco o nada tenían de liberales. Canovas del Castillo propuso en 1874 un pacto a Carlos VII de España: la devolución de todos sus bienes hereditarios, el casamiento de su hija Elvira con el bastardo Alfonso XII y el respeto a los Fueros de las cuatro provincias vascas como si la contienda no hubiese tenido lugar, de lo contrario no respetaría nada. Don Carlos no aceptó. Alfonso XII, hijo de la reina Isabel y del oficial catalán Puig Moltó, había sido nombrado rey por los liberales moderados en 1874 que crearon un nuevo régimen de monarquía parlamentaria. Martínez-Campos tomó Olot, capital del carlismo catalán, y la Seu de Ugell, acabando con el carlismo en Catalunya en 1875.

En 1876 Canovas mandó escribir otra nueva Constitución española más adecuada a su ideario “canovista” y dónde sólo podía votar el 5% de la población masculina más pudiente , por lo que una plutarquía o gobierno de hombres ricos siguió gobernando, como siempre, en España, sobre todo los “liberales moderados” de Canovas, alternando con los amigos o “liberales radicales” de Sagasta, el otro gran político español de este período, empezando una época conocida como "la Restauración", período caracterizado por una gran corrupción donde todas las elecciones eran amañadas y pactadas previamente entre los ricos. Canovas, político clerical y de derechas, pactó con fuerzas integristas la suspensión de la libertad de cátedra y afianzó el principio integrista que hacía de la nación española un proyecto sostenido en la “voluntad divina”, por tanto, tampoco se produjo la separación entre el Estado y la Iglesia católica, como en ninguna Constitución española del siglo XIX, y permanecieron unidas, prácticamente , otro siglo. Tampoco dejó de ser el rey-reina de turno el máximo representante del Estado español, aunque con muchas menos atribuciones que en el régimen anterior o absolutismo (la principal diferencia).

Canovas era defensor de la superioridad de unas razas sobre otras, partidario de la esclavitud, contrario a la democracia y al sufragio universal. Ello no parece obstáculo para que la historiografía española lo tenga por “liberal” y uno de los «padres» de la patria española y sea, oficialmente, el referente histórico e intelectual del principal partido de la derecha española del siglo XXI. En un texto recogido por Tuñón de Lara en su obra "La España del siglo XX", dice Canovas textualmente: "Los negros en Cuba son libres, pueden tener compromisos, trabajar o no trabajar... y yo creo que la esclavitud era para ellos mucho más preferible a esta libertad (...). Esos salvajes no tienen otros dueños que sus instintos, sus apetitos primitivos". España tenía en esta época 300.000 esclavos en Cuba de 1,5 millones de habitantes.

En 1897, el anarquista italiano Angiolillo, haciéndose pasar por periodista, asesinó a Canovas del Castillo en el balneario gipuzkoano de Santa Águeda, Arrasate-Mondragón (barrio de Garagarza).

“Hila da Canovas,
joan da Canovas,
Pikaro gaizki hazia!
Galdu zituen ifar garbiak,
Jarri du trumoi nahasia.
Galdu zituen Foruak eta
Jainkoaren grazia;
Galdu zituen bere lagunak,
Galdu du bere bizia!”
Juan Manuel Lujanbio “Txirrita” (1860-1936).
(Ha muerto Canovas, se ha ido Canovas, ¡pícaro mal nacido!. Perdió todas las sonrisas limpias, puso la tormenta confusa. Perdió los Fueros y la gracia de Dios; perdió a los amigos, perdió su vida!)


Mientras, en Nabarra, entre 1873 a 1876, se creó un pleno "Estado Federal Vasco Carlista” con las cuatro “provincias”, con todas las atribuciones de un Estado: moneda, sellos, Tribunal de Justicia o deuda pública propia, con un centro de comunicaciones en Baiona (Lapurdi), tras el consentimiento del gobierno francés, y, finalmente y lo más importante, con un ejército de 24.000 soldados que lo defendía. Con la formación de un Estado nabarro pleno, Carlos IV de Nabarra (sería quinto si contamos al príncipe de Biana, pero que en realidad nunca reinó), buscaba el reconocimiento internacional a su corona que nunca se produjo. Fue una pequeña brisa de libertad después de varios siglos desde que se perdió el Estado soberano de Nabarra.

“Al ser necesaria una constante movilidad del rey, siempre al frente de su ejercito, los órganos de Gobierno habían de acompañar a la trashumante Corte, pese a tener, esos mismos órganos, su sede oficial en algún lugar concreto, que normalmente sería Vergara, excepto la Secretaría de Guerra, con residencia en Zumárraga, y el Tribunal Supremo de Justicia, en Oñate -mientras que en la guerra de 1.833 lo había sido Estella-. Solo esta población, y por escaso tiempo, pudo considerarse como capital de Carlos VII; el pueblo la ha mitificado, y desde entonces es como el “arca santa” del carlismo, gracias a la aureola legendaria que le dejó Carlos VII, pese a que nunca fue, ni mucho menos, unánimemente leal a la causa.

La concepción carlista del Estado no admitía el sistema liberal de Ministerios: El rey reinaba y gobernaba de acuerdo con las sugerencias de otros órganos democráticos, como las Juntas del Señorío o las Diputaciones Autónomas, y sólo se veía auxiliado por secretarías de las distintas ramas de la Administración. De ahí que, no obstante disfrutar en la práctica de las mismas prerrogativas que los Ministerios. Carlos VII contase con secretarías, generalmente desempeñadas por personas más entusiastas que entendidas, pero que, a pesar de ello, lograrían desarrollar una actividad asombrosa con resultados muy efectivos.

El Gobierno carlista -ya lo hemos indicado- sólo era un coordinador. La Administración, de hecho, la desempeñaba en cada territorio la Diputación respectiva, que se hallaba en relación directa con el rey tras haber éste jurado los fueros, o hacer promesa de respetar sus libertades” EKA (Eudo)

Los carlistas siguieron divididos como en la Primera Guerra en diferentes facciones que luchaban entre sí y que acabaron debilitando sus filas, lo que llevó al Ejército liberal a poder depurarse y recuperar todo el territorio perdido. Entre 1875-76 tuvo lugar la gran ofensiva contra las cuatro “provincias” nabarras, 120.000 soldados profesionales y voluntarios liberales frente a las milicias de 33.000 voluntarios carlistas.

Tras la caída de la base carlista de Lizarra-Estella (Alta Navarra), su sede central, Don Carlos, apodado “el Chapas” por todas las condecoraciones que llevaba, huyó por Tolosa y se refugió en el Baztan. Al cruzar la frontera por Valcarlos-Luzaide, miró hacia atrás y dicen que dijo: "volveré", como antes lo hiciera Juan de Albert, el último rey de Alta Nabarra hasta el momento (y luego otros personajes históricos y del cine), pero D. Carlos se equivocaba.

La última batalla tuvo lugar en Muskiz-Somorrostro (Bizkaia). La derrota fue plena y no hubo “pacto” alguno, como en la Primera Guerra Carlista.

“Carlistas venid
Carlistas llegad,
Y veréis a Don Carlos,
Borracho,
Montado en un macho
Hasta Francia llegar”.
Una de las muchas canciones que los liberales dedicaban a los carlistas.

Ley Española de 21 de julio de 1876 en su artículo 1 decía: "Los deberes que la Constitución política ha impuesto siempre a los españoles de acudir al servicio de las armas cuando la Ley los llama, y de contribuir en proporción de sus haberes a los gastos del Estado, se extenderán como los derechos constitucionales se extienden, a los habitantes de las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava del mismo modo que a los demás de la nación".

Alta Nabarra ya acudía “al servicio de las armas” españolas desde la pérdida de la Primera Guerra Carlista (Ley Paccionada de 1841) y a todos los nabarros peninsulares de los “Estados separados ” se nos incluye ahora en el término “españoles” por primera vez por lo que se deduce de la redacción de la ley, por lo que nos cobraron unos impuestos y redujeron nuestros derechos, sin que pudiéramos ya aplicar el “pase foral”, y se habla de que “la Ley los llama” frente al “rey” como era hasta entonces, pues no existía una ley común a españoles y nabarros sino una conjunción de reinos bajo una corona, pero donde unos reinos estaban sometidos a otros gracias a la superioridad militar que llevó a invadirlos y ahora a destruir su resistencia a perder su idiosincrasia y nación. De todos modos, uno se podía librar del Servicio Militar pagando una cantidad, con lo que sólo la hacían los más pobres (la mayoría).

En 1877 se llama por primera vez a quintas a todos lo nabarros peninsulares en medio de amenazas de invadir las nuevas “provincias” ante la resistencia mostrada. El servicio militar español suponía, por ejemplo si te tocaba Filipinas, 7 años fuera de casa. La imposición aduanera no trajo en sí mejora alguna a la economía vasca, de hecho en el caso de la reconvertida a “provincia” de (Alta) Nabarra, la evolución económica fue un constante perder poder económico y político y trajo la despoblación de sus pueblos.

El liberal del partido republicano federalista de Pi y Maragall, el militar Serafín Olave, en 1883 (Sevilla 1831-La Rioja 1884, de padre alto nabarro), escribió un libro de título "Reseñas históricas y análisis comparativo de las Constituciones Forales de Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia"; en el mismo se pedía la unidad de Alta Nabarra, La Nabarra Occidental, Baja Nabarra y La Rioja: "Navarra está dispuesta a admitir una libre reincorporación de los territorios de La Rioja, Baskongadas y la Sexta Merindad de Ultrapuertos (hoy francesa), que antes fueron navarros; constando ya que, en algunos de ellos, existe la patriótica tendencia a tan fraternal y conveniente unión, cuando las circunstancias lo permitan". Olave era Diputado por Alta Navarra y pedía una confederación de repúblicas con la Nabarra plena. Al año siguiente tuvo que abandonar el partido, el modelo confederal era odiado por la mayoría de los políticos y militares españoles, incluido la mayoría de los pocos republicanos existentes.

Wikipedia, Olave: “Una Constitución nacional basada en el derecho de autonomía completa regional de Navarra, dentro de la comunidad nacional española [que] arranca legal y legítimamente del pacto establecido al incorporarse a Castilla, quedando Navarra estado de por sí; pacto que en nada ha perdido su validez legal por las violaciones del mismo, consumados en virtud de fuerza mayor.
Conste para siempre que, siendo los derechos especiales y positivos de Navarra al goce de su autonomía regional [o sea sus fueros] anteriores a los que puedan declararse por la República democrática Federal, Navarra debe aspirar al planteamiento del presente constitución regional.

Se constituirá en Región, pero está dispuesta a admitir la libre reincorporación de los territorios de Rioja, Vascongadas, y Sexta Merindad de Ultrapuertos, que antes fueron navarros, contando ya que, en algunos de ellos, existe la patriótica tendencia a tan fraternal y conveniente unión, cuando las circunstancias lo permitan.
Con el fin de estrechar los lazo de simpatía existentes entre Navarra y los territorios que antes fueron navarros, o sea La Rioja, Vascongadas y Navarra francesa, [...] se conceden los derechos de ciudadano navarro a los riojanos, vascongados y franceses de la Sexta Merindad de Ultrapuertos que lo soliciten”

Emilio Castelar, presidente de la Primera República española (1873-74), en la sesión de las Cortes españolas del 16 de julio 1876 dijo: "Aquí asistimos a los funerales de la libertad de una raza, con el recogimiento y el dolor con que se asiste a todas las sublimes tristezas de la muerte". Para el presidente de la república española, la supresión de los Fueros equivalía a la eliminación de la “raza” vasca, hoy usaríamos palabras como “idiosincrasia” o “pueblo” (idioma, cultura, leyes y cualquier rasgo de identidad ).

Karl Marx, padre del comunismo, sobre el carlismo en el "New York Daily Tribune" de 1854 comentó: "El carlismo no es un puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagiado por papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los fueros y las cartas legítimas que pisotearon el absolutismo monárquico y el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande, como suma de las patrias locales. Con sus peculiaridades y tradiciones propias.
No existe ningún país en Europa que no cuente con restos de antiguas poblaciones que han sido atropellados por el devenir de la Historia, estos sectores son los que representan la contrarrevolución frente a la revolución que imponen las minorías del poder. En Francia lo fueron los bretones y en España de un modo mucho más voluminoso y nacional, los defensores de D. Carlos.
El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero. En tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y especuladores), la aristocracia latifundista y los intelectuales secularizados, que en la mayoría de los casos pensaban con la cabeza francesa o traducían –embrollado- de Alemania".

Son reveladores de la forma de pensar de los liberales vascos el discurso que una fecha tan tardía como 1906 pronunciaba en las Cortes de Madrid José Orueta: "En cientos de años de régimen foral no se ha manifestado en las provincias baskongadas asomos de separatismo, y en cuanto ha empezado a infiltrarse el régimen centralizador han aparecido estas ideas".



EL CARLISMO EN EL SIGLO XX


“Dice Ud. que somos los responsables de la separación de (Alta) Navarra del resto de Euskalerria. Las únicas veces que (Alta) Navarra luchó junto al resto de los Estados que forman Euskalerria fue durante las guerras carlistas. (…) Si a lo que se refiere es que los carlistas no secundaron el Estatuto del 36 fue porque este se diferenciaba del Estatuto de Estella (1931) en que éste último fue aprobado por todos los vascos y archivado por la República en un cajón y el Estatuto del 36 fue impuesto desde Madrid. La soberanía política recae en la persona humana y esta cede de su derecho y libertad en las comunidades políticas superiores. El Estado Español no es quién para dotarnos a los vascos de ninguna ley, estatuto o concierto económico. Somos los vascos quienes cedemos al Estado aquellos derechos que queramos, que nos interesen.” “Nosotros los carlistas” Eudo E.K.A. Bizkaia.


El Carlismo fue evolucionando como lo han hecho todas las ideologías. Tras las contiendas del siglo XIX surgieron tres líneas principales que poco a poco seguirán su vida propia hasta el presente: el carlismo del integrismo político-religioso o “tradicionalistas”, una segunda línea que se puede definir como carlismo de izquierdas y una tercera línea, la del nacionalismo vasco que se separó del carlismo y que tendrá ideología y vida propia. El carlismo aceptó como sucesores de Carlos VII a la corona española a: Don Jaime, Alfonso Carlos, Javier y a Carlos Hugo de Borbón y Parma.

Diferenciaba el bilbaíno Miguel de Unamuno (1864-1936) a comienzos del siglo XX estas dos clases de carlismo: el intrahistórico y popular, “con su fondo socialista y federal y hasta anárquico” y el carlismo que encontraría su forma más característica en el integrismo “ese tumor escolástico, esa miseria de bachilleres, canónigos, curas y barberos ergotistas y raciocinadores” (La crisis del patriotismo español. O. C. III p 951) .

El Imperio español copió el centralismo administrativo y el uniformismo político de la Revolución Francesa que en palabras del carlista-integrista Mella «acabó con las libertades municipales, con los gremios, las Corporaciones, toda la antigua organización, reuniendo el poder en un solo punto y creando el absolutismo más tiránico, ya que éste no existe sólo cuando lo ejerce un monarca, sino cuando lo impone un grupo que tiene en sus manos las Cámaras que él mismo ha creado». Una nueva plutarquía y diferentes militares mandaron en España a finales XIX y en gran parte del siglo XX en sustitución del rey absolutista y sus omnipresentes ministros.

La ideología del carlismo a comienzos del siglo XX se podría resumir en: la tradición apostólica, la corona como nexo de unión, la concepción de España a través del regionalismo y del foralismo y la concepción democrática de España al reclamar la soberanía no para el Estado sino para la sociedad a través de sus organizaciones naturales: la familia, el municipio, la región y las “nacionalidades”. La extrema ideología católica de muchos dirigentes o “tradicionalistas” de derechas, y su concepción más unitaria de España frente a la línea oficial del carlismo, fueron las causas que terminaron por crear las dos corrientes dentro del carlismo.

A partir de 1890 el marqués de Cerralbo estuvo al frente del carlismo , reconstruyéndolo como un moderno partido de masas, centrado en asambleas locales, llamadas “Círculos carlistas”, que llegaron a ser cientos en España y con más de 30.000 asociados en 1896. En 1910 los carlistas ocuparon 4 escaños en el parlamento español en el que, en una profunda contradicción, decidieron participar y en 1914 quedaron reducidos a tan sólo 2 escaños. En 1913 comenzó a organizarse el requeté como la organización paramilitar del partido.

La corriente tradicionalista del carlismo, tal y como explica Miguel Izu: “En los años 20 y 30 de este siglo (XX) algunos tradicionalistas –carlistas y no carlistas- se aproximan a la nueva derecha autoritaria española que, tras colaborar en Acción Española –Maeztu, Pradera- se fundirá con los falangistas bajo el caudillaje de Franco en lo que se llamó Falange Española Tradicionalista (FET) y de las JONS, luego reconvertido en el Movimiento Nacional. Ni que decir tiene que se trataba también de un movimiento político moderno, influido por las corrientes autoritarias que recorren Europa el primer tercio de siglo”. Eran Vázquez de Mella, Cerralbo, Víctor Pradera y otros líderes carlistas después germanófilos o pronazis, conocidos como mellistas, que habían dejado el partido en 1919 y que se habían reorganizado como Partido Católico Tradicionalista, tras el enfrentamiento de Mella con el pretendiente Don Jaime de Borbón y su giro a la “izquierda” y el posterior apoyo del carlismo a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial..

La unificación impuesta con la Falange y las JONS terminó con el carlismo como partido, aunque no como corriente política, por un lado fue perseguido por el franquismo y perdió sus periódicos y edificios, pero por otro mantuvo una cierta influencia en el gobierno franquista a través del Ministro de Justicia, elegido entre los carlistas, al tiempo que manifestaban su disgusto con la ideología parafascista que predominaba en la FET y de las JONS.

En una entrevista, Carlos Hugo de Borbón y Parma pretendiente carlista y dirigente del movimiento en los años 70, aclara: “Cuando mi padre, Don Javier Borbón y Parma, negoció con el general Emilio Mola la participación de los requetés en el alzamiento de julio de 1936 (Javier presidió la junta suprema militar golpista), se acordó que, cuando este triunfase, se abordaría la forma de gobierno con una votación popular. Pero las cosas fueron de otro modo. Franco, apoyado por alemanes y británicos –lo que no se suele comentar-, se hizo con el poder y en abril de 1937, forzó la unificación de la Falange y el carlismo. Mi padre se negó a que este se integrara en una organización totalitaria y se dio así la paradoja de ser los carlistas unos vencidos en el campo del vencedor (…)

Javier de Borbón y Parma tomó la dirección carlista en enero de 1936 y oficialmente en septiembre de ese año, tras la muerte del anciano Alfonso Carlos, que sólo estuvo 5 años al frente de la misma a la que llegó contando ya con 82 años. Javier se hizo con el mando carlista tras una crisis interna a la hora de designar a un nuevo pretendiente al morir sin descendencia Alfonso Carlos, disputa que ganó Javier I que se mantuvo al frente del carlismo hasta 1975.

En abril de 1937 el dictador Franco completó la maniobra de anulación del carlismo con la reorganización de las brigadas navarras, colocando al frente de ellas jefes militares africanistas y mezclando los batallones de requetés con otros de otra procedencia que los desbordaran cuantitativamente de forma que no se pudieran sublevar. Los pocos carlistas que aceptaron la unificación, el conde Rodezno su grupo y algunos de procedencia integrista, fueron expulsados de la Comunión Tradicionalista (nombre que había adquirido el Partido Carlista) por el pretendiente don Javier de Borbón.

Más tarde, don Javier sería expulsado de España tras haberse entrevistado con Franco, al cual manifestó la total discrepancia del carlismo con la unificación y los rumbos totalitarios de carácter nazi del nuevo Estado. En octubre de 1937 se sucedieron numerosas detenciones de carlistas en Burgos, San Sebastián, Vitoria y Pamplona por las manifestaciones antifranquistas organizadas por la AET (estudiantes carlistas) el día 12 de octubre, «Festividad de la Raza» española .

Durante la Segunda Guerra Mundial, la línea oficial carlista se negó a alistarse en la fascista División Azul, Javier de Borbón y Parma intentó crear una unidad carlista que combatiera junto a los aliados, y colaboraron con la resistencia francesa para pasar información a Inglaterra. Carlos Hugo: “Javier Borbón y Parma luchó contra los nazis en Bélgica (como coronel del ejército belga), fue apresado e internado en el campo de concentración de Dachau en 1945 (Munich, Alemania, acusado de comunista), Franco se negó a repatriarlo por lo que el carlismo quedó descabezado”. Después estuvo al frente de un grupo de 100 maquis antifranquistas. Al finalizar la segunda guerra mundial y una vez liberado, Javier de Borbón declaró que, en caso de una nueva guerra “civil”, los carlistas no lucharían en el bando franquista.

Tras desaparecer como partido, entre 1970 y 1972 el Partido Carlista (PC, desaparece el nombre de Comunión Tradicionalista anterior) se reorganizó en los “Congresos del Pueblo Carlista” en Arbona (Lapurdi), pues en 1968 el dictador F. Franco expulsó al nuevo pretendiente carlista e hijo de Javier, Carlos Hugo de Borbón y Parma, por pedir la unificación de Alta Navarra, Bizkaia, Gipuzkoa, Alaba y La Rioja en Valvanera (patrona de La Rioja) y por una entrevista en la que comentó: “Ahora entiendo por qué Franco eligió a Juan Carlos como sucesor”.

En estos congresos se materializó el cambio ideológico del carlismo hacia un socialismo autogestionario y la conversión del Partido Carlista en un partido de masas sí, pero federal y democrático que aspiraba a una monarquía socialista basada en el pacto entre la dinastía y el pueblo. Línea que dentro del carlismo ya había abierto el pretendiente Jaime III en la etapa anterior (conocidos entonces como “jaimistas”), inspirándose en la doctrina social de la Iglesia Católica derivada del Concilio Vaticano II, renovando su foralismo en clave confederal.

“No se trata de renunciar al término "Tradición". ¿Quien va a negar ahora que Arizmendiarreta, fundador del cooperativismo guipuzcoano fuera tradicionalista ?¿Quien va a negar que en él subyace un socialismo cooperativista?. Joannot de Haraneder.

Arizmendiarreta En plena guerra civil, colaboró con dos revistas nacionalistas, Eguna y Euskadi, y militó en el PNV.Estas actividades le llevaron a la cárcel, donde permaneció mes y medio hasta que fue absuelto de todos los cargos en 1937

La tendencia más a la izquierda del partido (Fuerzas Activas Revolucionarias Carlistas) celebró su propio Congreso en enero de 1972, en el mismo se habló de una “Federación de Repúblicas Socialistas Ibéricas, incluyendo en el término Ibéricas, además de los pueblos sometidos al Estado Español, los territorios peninsulares sometidos al Estado Portugués y los territorios vasco y catalán sometidos al Estado Francés. Tal Federación debe formarse en un proceso de integración voluntaria de los diferentes pueblos, y debe entenderse como un primer paso y un medio hacia un mundo socialista (…) Se reconoce por tanto el principio de autodeterminación de los pueblos” .

Tras la muerte del dictador F. Franco (1975), el príncipe Sixto de Borbón, hermano del pretendiente Carlos Hugo, apoyado por elementos de origen franquista, intentó organizar un carlismo de extrema derecha alternativo al Partido Carlista que se había inclinado, en su opinión, hacia la izquierda, contaba para ello con una fuerte colaboración de la ultraderechista Fuerza Nueva, llegando sus seguidores a ejecutar un atentado contra los carlistas fieles al pretendiente Carlos Hugo en la concentración anual del carlismo en 1976 en Montejurra-Jurramendi, donde se conmemora anualmente la batalla que tuvo lugar allí en 1873, en lo que comúnmente se denominó como los "sucesos de Montejurra" y que se saldaron con la muerte a balazos de dos carlistas y varios heridos por ultraderechistas españoles, franceses, italianos e incluso argentinos infiltrados por el Gobierno español y que poco tenían que ver con el carlismo. Con este brutal atentado el Gobierno español quiso parar el resurgir de un carlismo autogestionario y de izquierdas. Los detenidos, como el ex comandante del ejército español Jose Luis Marín García Verde, pasaron unos pocos meses detenidos en un cuartelillo y después fueron amnistiados en 1977.

El Partido Carlista tenía 8.500 militantes en 1977, no pudo participar en las primeras elecciones al parlamento español tras otra dictadura de otro General (hubo media docena en poco más de medio siglo 1868-1936), por no llegarle el reconocimiento a tiempo, lo que no impidió que pidiera el voto positivo para la Constitución española de 1978. En 1977 se aplazó su legalización para descabalgarlo cuando tenía importante base social, en opinión de su máximo dirigente en esos años Carlos Hugo de Borbón y Parma.

Sin embargo, una parte importante de los militantes y simpatizantes del partido optaron por entrar en movimientos nacionalistas vascos y regionalistas de izquierdas. En las elecciones generales de marzo de 1979 el PC obtuvo 50.552 votos (0,28%) y quedó sin representación parlamentaria. Los mejores resultados los obtuvo en Comunidad Foral Navarra (CFN) con el 7,72% y Comunidad Autónoma Vasca (CAV) con 0,65 (divisiones administrativas españolas de Nabarra). El PC dejó de acudir a la mayoría de los procesos electorales por falta de fondos y militancia. Carlos Hugo I, que se había presentado como cabeza de lista por la CFN, dimitió de su cargo y causó baja en el Partido Carlista en 1980 tras la derrota electoral, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos a la corona de España.

“El carlismo, por su concepción de un Estado plurinacional, muy próxima por consiguiente a los planteamientos de la mayor parte de los partidos autonómicos, puede aportar una visión política de la sociedad de futuro, para articularla desde abajo con una democracia más directa y con la aplicación del principio de subsidiariedad” Carlos Hugo de Borbón y Parma, pretendiente carlista.

EL CARLISMO HOY

Los carlistas son partidarios de la “capilaridad”, de la potenciación del poder de los municipios incluso de los barrios en “Auzolan”, el respeto a la idiosincrasia de los pueblos y las realidades históricas de la corona española que tenían su máxima referencia en los Fueros o derecho pirenaico, tanto nabarros como aragoneses y de los diferentes territorios que configuraron ambos reinos o Estados.

Finalmente, la derecha del carlismo se separó del Partido Carlista y los elementos tradicionalistas del carlismo se reorganizaron en el "Congreso de la Unidad Carlista" celebrado en 1986 en San Lorenzo de El Escorial –Madrid- prefundando la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC, nombre que retoman de la etapa anterior), que se proclama heredera y continuadora de la historia, doctrina y pensamiento monárquico y político del carlismo. Esta formación actualmente no reconoce a ningún pretendiente dando por zanjada esta cuestión y aceptando a Juan Carlos I, el rey impuesto por el último dictador Francisco Franco. En una purga, expulsaron del partido a los cuadros franquistas e integristas que se habían incorporado al mismo 1996.
El CTC obtuvo 25.000 votos en toda España en sus candidaturas al Senado en 2004 y 45.000 votos en sus candidaturas al Senado en las elecciones generales de 2008 también en toda España pero apenas tuvo votos en la CAV y CFN.

El “Tradicionalismo” tendría como puntos centrales: “Dios, Patria, Fueros, Rey":

1ª España, o mejor, las Españas, son un conjunto de pueblos dotados de peculiaridades históricas, culturales, institucionales, políticas y jurídicas, unidos por dos lazos: la fe en el mismo Dios y la fidelidad al mismo Rey.

2ª Por ser la verdad revelada superior a las actividades volitivas o a los extravíos intelectuales de la criatura racional, la Religión católica, apostólica, romana se halla por encima de toda discusión. La Comunión Tradicionalista recaba la gloria de las Españas en su función secular de brazo armado de la verdad católica.

3ª Como encarnación de las varias Tradiciones aunadas en la Tradición común de las Españas, los Fueros de cada Reino, Principado, Señorío o Provincia cobrarán vigor completo, atemperados a las circunstancias de nuestra época. Asimismo se instaurarán los fueros orgánicos de las instituciones sociales que lo requieran.

La evolución de la parte más tradicionalista o de “derechas” del carlismo, se observa en el más famoso canto carlista, Oriamendi, llamado así por una batalla que tuvo lugar durante la Primera Guerra Carlista en ese monte cercano a Donostia (1837), donde se ve que para los carlistas del siglo XIX España y Euskal Herria eran dos cosas distintas unidas por la corona y nada más, así lo decían el texto original:
Gora Jainko maite maitea
zagun denon jabe.
Gora Espania ta Euskalerria
ta bidezko errege.
Maite degu Euskalerria,
maite bere Fuero zarrak,
asmo ontara jarriz daude
beti karlista indarrak.
Gora Jaingoiko illezkor!!!
Gora euskalduna,
auto ondo Espaniako
errege bera duna!!!
(Viva Dios queridísimo/tengámoslo todos por dueño./ Vivan España y el País Vasco
y el rey legítimo./Amamos al País Vasco,/amamos sus viejos Fueros,/a esta idea están orientadas/siempre las fuerzas carlistas./¡Viva Dios inmortal!!/¡Viva el vasco,/que tiene bien/el mismo rey de España!!).

Y en el siglo XX, el ala carlista del integrismo político-religioso o “tradicionalistas”, pasó a escribir la canción en español, cambiando totalmente la letra y el significado por Ignacio Baleztena (1887-1972 Pamplona) para poder ser cantado por los batallones carlistas o requetés, integrados en los batallones del fascismo español llamado también “franquismo” en honor a su caudillo:

Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharon nuestros padres.
Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharemos nosotros también.
Lucharemos todos juntos
Todos juntos en unión
Defendiendo la bandera
De la Santa Tradición. (bis)

El carlismo de izquierdas actual se declara laico, federal-no monárquico y continúa electoralmente como Partido Carlista (PC). Tras participar en la creación del partido comunista español “Izquierda Unida” (1986-87) se salió de la coalición y desde diciembre de 1991 funciona como una federación de partidos (en coherencia a su propuesta como estructura política para España), a la que está federado en CFN y CAV el Partido Carlista de Euskalherria / Euskal-Herriko Karlista Alderdia (EKA), con el lema "Libertad, Socialismo, Federalismo y Autogestión". Inicialmente fue denominado por influencia de la terminología aranista "Euskadiko Karlista Alderdia" que sustituyó al quedar “Euskadi” como nombre para una autonomía española dada por Madrid a la Nabarra Occidental.

“En la larga lucha por la recuperación de las Libertades, se ha acudido según los tiempos, a lemas o principios con cuyo apoyo se pensaba iba a ser posible alcanzarlas. Primero fueron los de Dios, Patria, Rey, después fueron los de Dios, Patria, Fueros y Rey y actualmente Libertad, Socialismo, Federalismo y Autogestión”. Partido Carlista de Euskalherria / Euskal-Herriko Karlista Alderdia

En el año 2000 comenzó un proceso de reconstrucción del partido y se presentó a las elecciones municipales de 2003 en varios municipios nabarros, obteniendo representación en unos pocos ayuntamientos. En las últimas elecciones españolas del 2008 EKA obtuvo poco más de 2.000 votos. En 1998 fue uno de los partidos y asociaciones firmantes del Pacto de Lizarra-Estella junto con el nacionalismo vasco, y en 2005 se pronunció en contra de la Constitución Europea.

“Nosotros no hemos fracasado. El fracaso es de toda la sociedad. Los fracasados son Uds. que creen en esa Europa que nos están vendiendo. Una Europa hecha a espaldas de los pueblos que la componen. La Europa de los mercaderes y la burguesía más reaccionaria.
Nosotros creemos en una Europa nacida de la cesión del derecho que nos corresponde como pueblo. Tampoco admitimos ni admitiremos las concesiones de un único Estado Europeo. Somos nosotros quienes dotamos al Estado de su soberanía política a través de nuestras instituciones. Somos nosotros como vascos quienes la cedemos al Estado Español y en consecuencia al Estado Europeo.” “Nosotros los carlistas” Eudo E.K.A. Bizkaia.


“¿Cuándo se estudiará con amor aquel desbordamiento popular que transcendía de toda forma? ¡Cuántas cosas cabían en los pliegues de aquel lema: ¡Dios, Patria y Rey!... Lo encasillaron y formularon y cristalizaron, y hoy no se ve aquel empuje profundamente popular; aquella protesta contra todo mandarinato, todo intelectualismo, y todo charlamentarismo, contra todo aristocratismo y centralización unificadora. Fue un movimiento más europeo que español, un irrumpir de lo subconsciente en la conciencia, de lo intrahistórico en la historia. Pero en ésta se empantanó y al adquirir programa y forma, perdió su virtud. ¿Para qué seguir escribiendo de un momento intrahistórico que sólo vemos con prejuicios históricos? Quédese para otra ocasión”. Miguel de Unamuno (En entorno al casticismo, O.C. III, pp. 301 y 302)



DEL CARLISMO AL NACIONALISMO VASCO

Gregorio Iribas, carlista, jurista y político de Medigorria (Tierra Estella), dejó escrito antes de la insurrección militar-nacionalista española de 1936: «¿No se ha visto siempre la conducta astuta y cautelosa del Gobierno procurando desunir al pueblo vasco-navarro; sembrando entre ellos la discordia e intentando crear diferencias, para que la envidia y el recelo surgieran en la noble y laboriosa raza que puebla el territorio común? Sepan que la Euskalherria es siempre una que los (alto) navarros lloran con ellas las injurias causadas a las venerables libertades que cobijó siempre con honra el árbol sagrado de Guernica».

Sabino Arana: “Estúpida fue la idea que estuvieron los vascos en todo el siglo pasado de hacer compatibles las instituciones patrias con un poder extraño.” (Revista Euzkadi nº3 1901).

Sabino Policarpo Arana nació el 26 de enero de 1865 en el municipio de Abando (hoy un barrio de Bilbao) y en sólo 11 años de acción política hasta su temprana muerte a los 38 años, cambió el rumbo de todo un pueblo, sobre todo gracias a una actividad política frenética, llegando a escribir 14 libros políticos y literarios y más de 600 artículos en prensa, además de 33 obras poéticas.

Era el 8º hijo de un burgués medio que poseía su pequeño astillero en declive y que llegó a ser alcalde del municipio de Abando al igual que su hermano. El padre de Sabino era lo que se conocía entonces como “Capitanes de Empresa”, ya que creó “Diques Secos de Bilbao”, astillero que fue vendido en 1900 y donde se creará la “Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques”. Tuvo que huir durante 3 años a Lapurdi con toda la familia tras finalizar la Segunda Guerra Carlista por haber comprado armas para los carlistas, de los que era ferviente defensor.

Sabino Arana vivió una época muy convulsa del País Vasco por la falta de liderazgo del carlismo tras la derrota militar que acababa de sufrir y que llevó a crear el ambiente “prenacionalista”. Cuando Sabino empezó en política, existían en Bizkaia 8 partidos, tres católicos (el carlista, el integrista y el neoautonomista o fuerista) y cinco liberales, que además tenían la peculiaridad de ser todos ellos foralista en tierras bizkainas (dos monárquicos: el conservador y el fusionista, y tres republicanos: el radical, el federal y el posibilista).

Sabino Arana fue carlista hasta los 17 años en que su hermano mayor, Luis, le reveló un día en el jardín de su casa que "Euskal Herria, el País Vasco" era la patria de los vascos. Esta revelación es lo que se celebra en el "Aberri Eguna" (Día de la Patria) todos los domingos de Pascua, celebrado por primera vez en 1932 en Bilbao, 29 años después de la muerte de Sabino. Se celebra en ese día por ser el de la independencia de Irlanda de Inglaterra, hecho que se produjo pocos años antes, en 1921. Los judíos celebran en el día de Pascua su liberación de manos de Moisés de la esclavitud que padecían en Egipto, siendo la fiesta de la independencia nacional judía.

Veamos cómo fue ésta evolución de la mano del mismo Arana:
"Mas en el orden de la política he ido caminando gradualmente. Fui primeramente cuando niño, carlista acérrimo, pero sin pensar en los llamados Fueros, porque no tenía noticia de ellos. Más tarde, cuando algún tanto había oído hablar de ellos, era carlista fuerista, pero carlista per se, porque me creía español. Seguía la rutina de la familia, aunque infundadamente, porque mi padre ha antepuesto siempre el bien de Bizkaia al de la Corona de España.
No obstante, si Don Carlos se hubiera opuesto a los Fueros, yo me habría quedado con éstos contra aquél. De los 14 hasta los 17 años auxiliado por mis cortos conocimientos de la historia de Bizkaia y en parte por mis dosis de reflexión, se verificó en mi ánimo una revolución completa. De carlista per se pasé a carlista per accidens, es decir: conociendo que Bizkaia había sido siempre absolutamente independiente de España, consideraba por otro lado, la venida de D. Carlos al trono de ésta, como el mejor medio, si no el único, de alcanzar el bienestar de mi Patria, porque aquel príncipe éralo también del Señorío de Bizkaia, si juraba los Fueros, y los había jurado ya. Yo no era entonces carlista por el rey de España, sino carlista por el Señor de Bizkaia. (...).

El último año de esta etapa de mis evoluciones políticas tuve una larga discusión con mi hermano Luis, que ya para entonces era independiente absolutista, o sea nacionalista; en la cual defendía yo mis ideas hipotéticas, pero no con la tenacidad extrema, pues no estaba aún plenamente convencido. (...). Así que a los diecisiete años, mi mente dio, al fin, con el derecho y la justicia, gracias al favor de Dios. El medio carlista lo consideraba ya no inútil, sino perjudicial y mortífero para mi Patria."

A ésta conclusión había llegado ya Luis Arana, según su hermano Sabino, cuando reflexionó sobre su ideología tras esta conversación con un santanderino, en 1882:

-¿Tú eres fuerista muchacho? (el santanderino)
- ¡Sí señor! (Luis)
- ¿Por qué?
- ¡Por qué soy bizkaíno!
- ¿Eres español?
- ¡Sí señor!
- Pues mira, eso no entiendo bien. Si los bizkaínos sois españoles y vuestra patria es España, no sé cómo queréis gozar de unos Fueros que los demás españoles no tenemos y eludir obligaciones que a todos los españoles deben de comprender por igual ante la Patria común. Gozando de los Fueros no servís en el ejército español, ni contribuís con el dinero al tesoro de la Patria. No sois buenos españoles.
Luis no supo qué responder.
En el colegio Luis preguntó a su profesor de geografía: "Padre, ¿cree usted que nosotros somos españoles? Yo creo que no, que somos distintos de estos castellanos, aragoneses, andaluces... de todos los españoles que veo aquí, ¿qué cree usted?"
El cura le respondió: "Mira Luis, si todos éstos son españoles, nosotros no lo somos, y si nosotros somos españoles, ellos no lo son".

A la vuelta del exilio familiar en Lapurdi y tras la muerte de su padre, en 1883, Sabino Arana ingresó en la universidad en Barcelona tras pasar previamente por el colegio de jesuitas de Orduña. En Barcelona estudió derecho por imposición de su madre (él quería ser médico), a la que perdió a los 23 años. Fue allí donde de forma autodidacta estudió también el euskara, idioma que desconocía por completo, y palpó in situ el ambiente catalanista de la época y “El Hecho Diferencial” del Dr. Robert, que se extendía por aquella nación, aunque siempre verá a los catalanes como parte de España:

“Síguese de lo expuesto que mientras que el fuerismo catalán, el aragonés, etc., es decir, el regionalismo español tradicional es perfectamente compatible con la unidad de la Nación Española, el fuerismo vasko-nabarro, por el contrario, es verdadero separatismo si se parte del supuesto de que España tiene derecho a la posesión y dominio de este país, y verdadero nacionalismo en caso contrario; porque volver el Pueblo Vasco a regirse según sus Fueros significa volver a ser absolutamente libre e independiente de España, con gobierno propio, poder legislativo propio y fronteras internacionales” Reglamento redactado por Sabino Arana Goiri para "Euskeldun-Batzokija" artículo 49.

Es la deferencia sustancial con el carlismo, el nacionalismo vasco tal y como lo planteaba Sabino Arana, no buscaba el acomodo en España para los vascos, sino su total desvinculación y la recuperación de la independencia mediante la creación de un nuevo Estado.

En 1892, ya de vuelta de la Ciudad Condal, publicó su primera obra nacionalista: "Bizkaia por su independencia", tenía 27 años. En este libro Sabino Arana narra las cuatro batallas de Bizkaia contra Castilla-España concluyendo: "antaño Bizkaia luchó contra España y permaneció libre; hoy es una triste provincia española, lo que haya de ser mañana sólo los bizkaínos lo pueden decir".

El 3 de junio de 1893 Sabino fue invitado por el partido regionalista español “Euskalerriano” de Ramón De la Sota a explicar sus ideas al caserío Larrazabal de Begoña, cerca del actual Batzoki, tras una cena organizada en su honor por 17 amigos y conocidos para celebrar la publicación de su primer libro. Ramón de la Sota era un naviero bizkaíno de la oligarquía, hijo de jauntxos (señores) rurales a los que su coetáneo y bilbaíno M. Unamuno llamaba “nuevos condes siderúrgicos”, era el único oligarca abiertamente “vasquista”. Le fue concedido el título de "Sir" de manos del rey inglés y el de "marqués de Llanos" del rey español Alfonso XII. Junto con su socio Aznar (su primo), poseía 90 de los 152 buques de gran tonelaje inscritos en Bilbao; en el año 1900 fundó el mencionado astillero "Euskalduna" sobre el astillero más pequeño del padre de Sabino, astillero que se convertiría en uno de los más grandes de su época en Europa. Ramón de la Sota poseía numerosos negocios y minas en todo el Estado español, al morir en 1936 era el más rico de España. Será Ramón de la Sota el soporte económico del nacimiento del nacionalismo vasco y aportarán los euskalerrianos su impronta en la configuración definitiva del partido que creó Sabino Arana, el Partido Nacionalista Vasco-Eusko Alderdi Jel(tzalea), Pnv-eAj (1895).

En ese discurso de Larrazabal, Arana decía que Bizkaia estaba anémica por el contagio del virus españolista y debía de redimirse para convertirse en nación bizkaína, argumentaba que la culpa era en parte de la falta de conciencia de muchos de sus naturales y la división política. Proponía el lema de "Jaungoikoa eta Lege Zaharrak" (Dios y las Leyes Viejas), JEL, de clara entonación carlista, donde aparecen los Fueros y la religión (“euskaldun fededun”), por la que sus seguidores son conocidos como Jelkides (miembros de JEL).

“El lema de Bizkaya ha sido Jaun-Goikua eta Foruak que nosotros hemos sustituido por Jaun-Goikua eta Lagi-Zara, que significa lo mismo, pero es más euskérico que aquél. Traducido al castellano quiere decir "Dios y Ley vieja", esto es, Tradición religiosa y Tradición Política. Con el primer término se significa el Derecho de Dios en Bizkaya; y con el segundo el Derecho Nacional de Bizkaya. (…) Antiliberal y antiespañol es lo que todo bizkaino debe ser, según el lema de Jaun-Goikua eta Lagi-Zara”. Sabino Arana, Reglamento del “Euskeldun Batzokiya”.

Los llama también “Lagi Zaharrak” porque muchos entendían por Fueros cartas de privilegio, aunque esto sea en realidad sólo aplicable a los fueros otorgados por los reyes a las villas, pues los Fueros nabarros no son más que las leyes de nuestro Estado originario que los nabarros conseguimos conservar con todas nuestras fuerzas pese a la invasión castellano-española y mientras pudimos (incluidas numerosas “matxinadas” y varias guerras o carlistadas).

Para Sabino Arana y los nacionalistas sabinianos, los Fueros eran la expresión de la soberanía inmemorial vasca, donde las tierras vascas constituirían en el seno del reino un cuerpo aparte, no desligado pero sí autónomo, unido al resto por un acuerdo que pasaba por una relación personal de los vascos con el rey, al puro estilo carlista. El auditorio no reaccionó.

La propuesta inicial Sabino Arana de reconversión del carlismo era sólo para Bizkaia y fue conocido como “bizkaitarranismo”, el cual tuvo una escasa o nula repercusión en otros territorios vascos y sólo más tarde se expandió por Gipuzkoa y la zona más euskaldun de las demás “provincias” bajo el lema “Euzkadi da euzkaldun aberria” (Euskadi es la patria de los vascos). Tras el primer libro y el discurso de Larrazabal, desde 1894, habla de una confederación de los territorios vascos.

El error que hereda del carlismo en la interpretación de la historia del pueblo vasco, en la que Sabino Arana creía que los condados y señorío (tenencias entonces) ocupados por Castilla a Nabarra habían sido siempre independientes y “unidos voluntariamente” a Castilla -pues funcionaban desde la invasión como 3 pequeños “Estados”, con sus gobiernos o Juntas, leyes y defensa propia del territorio- y sólo Alta Navarra invadida, y no territorios de un mismo reino o Estado invadidos en diferentes siglos, junto con una visión de la cultura vasca constreñida a la realidad de Bizkaia o a la Euskal Herria verde -“romanticismo bucólico pastoril” como la definió Anacleto Ortueta-, hizo que el nacionalismo vasco no tuviera una repercusión tan importante en el resto del territorio, el Ager vasconum.

El partir del carlismo y de una interpretación parcial y castellano-española de la historia y por tanto no nacional, hizo que los territorios de Iparralde, imbuidos en la política francesa sobre todo tras las dos Guerras Mundiales, sólo se vieran identificados con los símbolos del nacionalismo vasco, la parte “romántica bucólica pastoril” que compartían, pero no con el fondo del nacionalismo como movimiento independentista o de constitución de un nuevo Estado Vasco al que Sabino llamó “Euzkadi”, y ni siquiera con la praxis del nacionalismo vasco, que siempre ha sido tendente a tomar parte en la imposición armada española en sus elecciones, que no son más que fruto de la pérdida de las Guerras Carlistas, y donde los vascos carecemos de los mecanismos necesarios para defender nuestros acuerdos, sin que haya sido capaz de articular el nacionalismo vasco, y sobre todo de defender, nada comparable al marco foral-confederal carlista (aunque lo intentó con los diferentes “Estatutos”) y mucho menos un Estado como el imaginado de “Euzkadi da euzkaldunen aberria”, al eliminar del carlismo su apuesta decidida por la defensa de sus ideas mediante el ejercicio del poder del pueblo vasco o autodeterminación, al no creer en la capacidad y fuerza de este pueblo.

Siempre en tensión entre la independencia y el autonomismo español, tras morir Sabino Arana, se llegó a fragmentar el Pnv en Comunión Nacionalista (1910), mayoritario, y un Pnv-Aberri refundado poco después por Luis Arana y Eli Gallastegi “Gudari” (1915). Comunión se había convertido en un partido sin aspiraciones independentistas y de claro carácter clerical, muy cercano al carlismo oficial con el que confluyó en numerosas elecciones impuestas por el centralismo español.

Imanol Aznar, que después se cambió el nombre a Manuel al hacerse franquista, miembro de las juventudes vascas del PNV, propuso por primera vez una selección vasca de fútbol, su nieto Jose María Aznar, llegó a ser presidente del gobierno español, a pesar de haber militado en su juventud en la falange de Franco.


De Comunión Nacionalista (que no de Aberri como cabría esperar), el día de San Andrés de 1930, nació Acción Nacionalista Vasca-Eusko Abertzale Ekintza (Anv-eaE), partido aconfesional y socialista (no marxista), que pregonaba un Estado republicano vasco, se trata del primer partido que se proclama nacionalista vasco de izquierdas.

Anv recuperó el hilo de la historia y la enfocó acertadamente a través de uno de sus fundadores, Anacleto Ortueta 1877-1959. Este bizkaino escribió tres obras “Nabarra y la unidad política vasca” (1931), “Vasconia y el Imperio de Toledo” (1934) y “Sancho III el mayor, Rey de los Vascos” (editada en buenos Aires cuatro años después de la muerte del autor). Anacleto Ortueta era seguidor del historiador alto nabarro Arturo Kanpion, al que consideraba su maestro, y reclamó sin éxito que el nacionalismo vasco asumiera la referencialidad histórica y política del reino o Estado de Nabarra.

Tanto el carlismo como el nacionalismo vasco cometieron el mismo gran error histórico, tal y como dejó escrito Ortega y Gasset en su libro “La rebelión de las masas”: “Quien aspire verdaderamente a crear una nueva realidad social o política necesita preocuparse ante todo de que esos humildísimos lugares comunes de la experiencia histórica queden invalidados por la situación que él suscita (…) Con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence porque se lo traga. Como deje algo fuera de él, está perdido”. Y se dejaron fuera la historia de todo un reino-Estado vasco, el reino de Nabarra.

Tras una nueva dictadura comandada por Primo de Rivera, donde Aberri fue ilegalizada, así como Anv, y Comunión fue legal o tolerada mientras se expresara sólo en castellano, en 1930 y bajo el gobierno del militar de Berenguer, Comunión y Pnv se unificaron. Sin renunciar de forma oficial a la independencia, adoptaron una postura denominada dentro del partido como "gradualista”. Quedaron fuera del Pnv reunificado, además de Anv, los independentistas llamados "Mendigozales" (1921) y su revista "jagi-jagi", de la corriente minoritaria llamada “nacionalismo humanista” que no llegó a conformarse en partido y que encabezada Eli Gallastegi “Gudari”.

Durante la Segunda República Española, en 1931, se dio el primer sufragio universal en España frente al sufragio masculino y censario anterior (en Francia en 1914), donde sólo podían votar los varones más ricos. El Pnv y los carlistas fueron juntos por última vez a las elecciones a las Cortes españolas que se celebraron ese mismo año defendiendo el Estatuto de Estella o reinterpretación a la baja de los Fueros: sacaron el doble de votos que sus oponentes en las cuatro “provincias” nabarras peninsulares, pero el Estatuto fue rechazado por el parlamento español, pues se sostenía en un poder otorgado por el pueblo vasco y no por el gobierno español.

Esta coalición demuestra que, la para entonces decidida apuesta autonomista del Pnv y el carlismo (que seguía siendo muy fuerte en Alta Navarra y había perdido su espacio en Bizkaia y Gipuzkoa frente al nacionalismo), apenas se diferenciaban en sus postulados y estrategia, pero pronto lo harán en un aspecto fundamental que se verá en la nueva propuesta de Estatuto de 1936:

“Dice Ud. que somos los responsables de la separación de (Alta) Navarra del resto de Euskalerria (Hegoalde). Las únicas veces que (Alta) Navarra luchó junto al resto de los Estados que forman Euskalerria fue durante las guerras carlistas. (…) Si a lo que se refiere es que los carlistas no secundaron el Estatuto del 36 fue porque este se diferenciaba del Estatuto de Estella (1931) en que éste último fue aprobado por todos los vascos y archivado por la República en un cajón y el Estatuto del 36 fue impuesto desde Madrid. La soberanía política recae en la persona humana y esta cede de su derecho y libertad en las comunidades políticas superiores. El Estado Español no es quién para dotarnos a los vascos de ninguna ley, estatuto o concierto económico. Somos los vascos quienes cedemos al Estado aquellos derechos que queramos, que nos interesen.” “Nosotros los carlistas” Eudo E.K.A. Bizkaia.

En el primer Estatuto de Estella para las cuatro territorios (1931), se definía el País Vasco como un país autónomo dentro del Estado Español y se establecía un Consejo Ejecutivo como Gobierno Vasco, eligiendo cada “provincia” a la ¼ parte de los miembros. El euskara era oficial con el castellano. En el Estatuto se decía que “el idioma originario de los vasco-navarros es el euskara, que tendrá, como el castellano, carácter de lengua oficial en el País Vasco-Navarro”. El Estatuto se veía como un mal menor tras la perder en las Guerra Carlistas los Fueros, pues en el propio Estatuto se decía: “Según acuerdo adoptado por unanimidad en la Asamblea, los municipios vascos declaran solemnemente que la aprobación de este Estatuto no supone renuncia a la integración foral plena, concretada en la derogación total y plena de las leyes de 25 de octubre de 1839, del 16 de agosto de 1841 y todas y cuantas bien con anterioridad o posterioridad a estas fechas, hayan conculcado de alguna manera los derechos sagrados de este País”.

Aunque se puso mucho énfasis por parte del gobierno español para el rechazo del Estatuto de Estella en las llamadas “Enmiendas de Azpeitia” que sostenían que la relación con la Iglesia que en el anteproyecto se atribuía a la República española quedaba reservado al País Vasco (como tenían, por otra parte, Alsacia o Baviera), la realidad fue que, aprovechando esta corrección, vinieron otras de mucho más calado: el segundo Estatuto de Estella dejaba la soberanía en manos del Gobierno Español (y su Tribunal Constitucional y Tribunal Supremo), el que tendría la última palabra en caso de conflicto, lo que convertía al Gobierno Vasco y a las Diputaciones en meros títeres del primero, como después ocurriría con el llamado “Estatuto de Gernika” de 1979. El euskara quedaba marginalizado en estos dos últimos Estatutos, sin necesidad de ser aprendido por la población a diferencia del castellano, el cual se imponía como única lengua para los vascos peninsulares por primera vez tras miles de años de serlo el euskera, vasco o “lingua navarrorum”.

“ (…) ineludible en un sistema democrático, es la posibilidad para todo cuerpo político de asegurar mediante la fuerza propia de uno u otro género, la defensa de las instituciones con las que se ha dotado y al mismo tiempo de controlar también a sus propios guardianes (…); el ejército español sigue siendo en todo caso custodio sólo de los permanentes intereses de la “nación” española que están hoy por hoy en las antípodas de los nuestros. (…) No hay posibilidad para los vascos de participar en la política general del Estado (español)” (Joseba Ariznabarreta “Pueblo y Poder”, Orreaga 2007)